La lección de la “Roja”

Por: Rodrigo Oses 2017-07-03
Rodrigo Oses

Seamos justos. Chile no perdió la final ayer ante Alemania exclusivamente por el grosero error de Marcelo Díaz. 

Atribuirle la responsabilidad absoluta al volante del Celta de Vigo por la dolorosa derrota ante Alemania, que sepultó la ilusión del tercer título consecutivo, sería un despropósito fruto de una profunda miopía analítica.

La Roja dejó escapar la Copa Confederaciones porque además no supo definir las ocasiones que se creó, sufrió el bajo rendimiento de jugadores que no aparecieron en la final como Alexis Sánchez y Eduardo Vargas, careció de variantes determinantes desde la banca para llegar al gol y en algunos pasajes perdió el control frente a la inquebrantable disciplina germana. Si Chile, como nos imaginamos todos, daba vuelta el resultado o forzaba los penales, y ganaba la final, el error de Díaz hubiese sido una anécdota. Un detalle. Un mínimo accidente en el partido. Pero como a la postre, el seleccionado nacional no pudo remediarlo ante un rival ultraeficiente y pragmático en lo táctico, la tentación de lapidar a Díaz es ineludible.

Pero veamos más allá del frenético deseo de volver a campeonar y el error que costó un partido, entre otros factores.

La Roja debe aprender su lección justamente ahora. En el dolor de la derrota. El valor de este grupo de jugadores está en la capacidad para renovarse en el éxito. De demostrar que puede competir en la elite del fútbol mundial. La Roja ya consolidó un sello futbolístico. Se ganó el respeto del mundo. Patentó una idea de juego que saca aplausos y genera devoción. Pero no es infalible. Tiene fisuras. Es perfectible, para que en otras finales como la de ayer en San Petersburgo no lamentemos que solo una estocada puede bastar para derrumbar nuestro sueño. Esta generación dorada no merece reproches, porque en tres años dio el salto a la cima del fútbol competitivo. Sin embargo, si quiere seguir conviviendo con la gloria y clasificar al Mundial de Rusia 2018, deberá minimizar los errores de su funcionamiento porque en la alta competencia se pagan muy caro y no hay espacio para vivir solo de las hazañas alcanzadas.

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