Enfoque equivocado

Por: 08:45 AM 2017-06-23

En el debate ambiental que atraviesa Ñuble y que es motivado principalmente por proyectos de inversión en materia energética, hay grupos que defienden una serie de principios a los que ninguno de nosotros podría oponerse: el derecho a vivir en un ambiente libre de contaminación, la necesidad de que el desarrollo económico incorpore consideraciones ambientales y sociales; el derecho a una equidad en la carga de los impactos ambientales sobre el territorio y las personas. En fin, objetivos todos deseables. 

Sin embargo, estos principios están siendo sobrepasados por uno más peligroso, que está detrás de la serie generalizada de rechazos a proyectos de inversión y que en la zona suman iniciativas por más de mil millones de dólares: el principio del no desarrollo. 

En la práctica, lo que plantean sus creyentes es dejar las cosas como están, es decir un desarrollo territorial a baja escala. Solo así -sostienen- se puede reconstruir el balance entre las personas y la naturaleza que la modernidad ha alterado. 

Es una mirada válida, como todas. Pero que en la práctica ha desembocado en una campaña de rechazo a prácticamente todo tipo de proyectos: energéticos, inmobiliarios, forestales; a una intransigencia ante cualquier alteración de la naturaleza; a un menosprecio hacia el crecimiento económico y a los proyectos de desarrollo industrial; a una demonización de cualquier iniciativa que alimente un modelo productivo y suponga una alteración de la naturaleza. 

Como complemento, esta mirada idealiza la vida natural, la ruralidad, carente del vértigo del consumo urbano, representándola como un modelo de desarrollo local a escala humana, cuando mayoritariamente es precariedad y falta de servicios básicos. 

De hecho, el modelo que defienden varias agrupaciones ecologistas solo puede ser adoptado por dos grupos de personas. Los millonarios, que optan voluntariamente por una vida alejada de las oportunidades que le entrega la modernidad y las comunidades rurales aisladas, también privadas de los beneficios de la modernidad, aunque no voluntariamente. Sin adecuada atención de salud, sin abastecimiento eléctrico permanente, sin agua potable, sin caminos ni transporte. Este grupo vive el modelo del no desarrollo forzosamente y no se ufanan de ello, más bien lo lamentan. 

En el medio está la mayor parte de la población, por una parte, imposibilitada de llevar una idílica vida de alto estándar cercana a la naturaleza y por otra, ahuyentada de la precariedad rural por la falta de servicios básicos. Y no son ciegos, tontos o ignorantes por esa elección. Por consumir y buscar el desarrollo alejados de una contemplación mística de la naturaleza. 

No se trata de criticar a las iniciativas de conservación de la naturaleza, las que por cierto son absolutamente válidas y necesarias. Sin embargo, es oportuno hacer un llamado de atención a la deformación de estos anhelos, a su exacerbación y a la ausencia de una consideración utilitarista de los recursos naturales, que también es válida y necesaria. 

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