El despertar de la madre Tierra

Por: José Celis Hidalgo 2017-06-20
José Celis Hidalgo
Doctor en Ciencias Ambientales, Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Concepción

Este año nuevamente se producirá un hecho que afectará positivamente a todos los que vivimos en el Hemisferio Sur del planeta. Se trata de un fenómeno astronómico llamado “Solsticio de invierno”. 

Ese día es el 21 de junio, o sea mañana, cuando tendremos el día más corto y la noche más larga. A partir de ese momento, los días comenzarán a extenderse en duración y las temperaturas ambientales paulatinamente empezarán a elevarse. 

Por otra parte, la mayor disponibilidad de horas luz y temperatura significará que las plantas, la vegetación en general, se activarán como si despertaran de un largo letargo. Ha llegado el tiempo para preparar la tierra para los nuevos cultivos. 

Este conocimiento basado en los movimientos de traslación de la Tierra alrededor del Sol, lo conocían muy bien los pueblos originarios, buscando convivir armónicamente con los ciclos naturales. 

Los mapuche lo llaman Wetripantu, mientras que los aymaras, kollas, quechuas lo llaman Machac Mara. En la Isla de Pascua, los rapanui realizan Aringa Ora o Koro, culto a los antepasados, frente a los altares ceremoniales, llamados “Ahu Moai”. 

El rito simboliza una nueva temporada de siembra de los recursos naturales, tanto terrestres como marinos. En general. Se le conoce como el año nuevo de los pueblos indígenas. En todas las comunidades originarias la festividad de año nuevo está basada en la armonía con las fuerzas ecológicas y cósmicas, es decir, una época de renovación y purificación. 

Para nosotros resultará ya habitual que el crecimiento de los pastos empiece a notarse cada vez con más fuerza, y que las plantas empiecen a evidenciar el brotamiento en sus ramas. Pero ahora -y qué positivo sería- podremos asociarlo con ese conocimiento ancestral que poseían los indígenas para disfrutar los beneficios de la tierra, ya sea para ir pensando en disponer de alguna almaciguera en los días por venir o bien para resembrar ese prado que ya no lucía tan bien en el antejardín de nuestra casa. 

Las culturas amerindias basaban su economía en la agricultura y cada una de los pueblos originarios realiza rituales propios. 

No obstante, entre los más destacados y generales, encontramos el fuego sagrado que acompaña toda la noche, hasta la salida del sol, la elaboración de comidas típicas, la Huipala (bandera de siete colores de América del Sur que acompaña la ceremonia), la música y el baile que no falta en ningún momento, acompañadas del ritmo del kultrum (un pequeño tambor), del cui cui (el cuerno) y el Rehue (un ancestral símbolo de madera). Todo ello en agradecimiento a la Madre Tierra.

Es gracias a ese conocimiento que los indígenas sabían cómo hacer crecer y procesar nuevas plantas. Los productos agrícolas americanos requirieron nuevas maneras de labranza que parecieron extrañas a los granjeros del Viejo Mundo, como la papa, y que violaban todos los antiguos principios del buen cultivo.

Todavía podemos aprender mucho de ellos, partiendo por entender los ciclos naturales que se basan en el soslticio de invierno. 

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