Amar sigue siendo necesario

Por: José Luis Ysern de Arce 2017-06-12
José Luis Ysern de Arce

Sicólogo, Sacerdote; Licenciado en Teología; Diplomado en Psicología Clínica; Master en Psicología; Doctor en Psicología. Docente Jornada Completa de Psicología Universidad del Bio-Bio. Asesor Nacional de AUC

Estaba amaneciendo y faltaba todavía un rato para comenzar la clase en la Universidad, la primera clase de la mañana. A esa hora ya había un buen grupo de estudiantes, chicos y chicas, esperando al interior de la sala de clase. Todos absortos, enfrascado cada uno en sus respectivos teléfonos móviles. Les saludé con voz potente al llegar: “Buenos días, jóvenes”, y todos respondieron educadamente al saludo. Aproveché el momento para hacerles la siguiente pregunta: “supónganse que ponemos en marcha la máquina del tiempo y volvemos a unos veinte o treinta años atrás; no hay teléfonos y ustedes se encuentran en esta sala esperando el comienzo de la clase, ¿qué estarían haciendo?” ¡Hablando! respondió inmediatamente una linda y espabilada joven. Así es, estarían hablando y se estarían socializando. 

No se me entienda mal: no quiero decir que estas actuales tecnologías impidan la socialización, pues puede ser que socialicen de otra manera. La experiencia que acabo de describir solo pretende destacar una imagen que a primera vista parece de individualismo. Puede ser que con un análisis más profundo del hecho nos encontremos en cada uno de estos jóvenes otra realidad nada individualista y bastante amorosa. Lo cierto es que nuestro mundo, tal como aparece a primera vista, nos presenta hechos que no hablan precisamente de amor, sino de mucho egoísmo e individualismo. 

A esta realidad no hay más remedio que responder con una fuerte corriente de amor; no soy iluso ni utópico al hablar de amor, aunque reconozco que las utopías son buenas porque sirven para motivarnos a la acción, para sacarnos de la inercia establecida.  Hablo de un amor que no es almibarado ni color de caramelo; creo en un amor que es revolucionario, que hace cambiar las cosas desde la raíz porque llega a la raíz de las personas y de la sociedad. Es decir, hablo del verdadero amor; ese que por su radicalidad nos conduce a ser consecuentes en todos los momentos de la vida y exige cambios rápidos y profundos. Cambios a nivel personal, grupal y social. Amar así nos puede costar hasta la vida. Así amó Jesús de Nazaret, Mahatma Gandhi, Luisa Michelle -hermana de los pobres, defensora de los derechos de la mujer-, Nelson Mandela, y tantos otros. No soy un crédulo ingenuo al hablar de amor. Soy un convencido de que el verdadero amor es posible, existe, y es liberador; lo es porque se pone en el lugar del oprimido y mira desde ahí sin ojos de odio ni venganza hacia el opresor; pero obliga a este, por medio de la no violencia activa, las protestas civilizadas, y la toma de conciencia, a que cambie de conducta. El verdadero amor es liberador porque es revolucionario. Ser revolucionario no tiene nada que ver con armas ni violencias. Tiene mucho que ver con cambio de mentalidad. Un cambio de mentalidad que se asocia a la construcción de intrépidas e inteligentes organizaciones grupales de base en ambientes populares, estudiantiles, profesionales, religiosos, empresariales, etc. En esas organizaciones, a través del estudio y toma de conciencia de la realidad, se promueven las acciones comunitarias que impulsan el cambio. No hay fuerza más grande que la del amor. Supone renunciar al individualismo y consumismo, pero tiene como garantía el logro de la auténtica felicidad. Un hombre muy culto, Kevin Farrell dice: “Cerrarse no es nunca una buena señal, para nadie ni en ningún lugar, precisamente porque es una decisión que nace del miedo. Y el miedo genera monstruos”.

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