Las historias de los últimos telegrafistas de Chillán

Por: Carla Aliaga 12:35 PM 2017-06-11

“..-. . .-.. .. -.-. .. -.. .- -.. . ... / -.-- / -- ..- -.-. .... --- ... / .- --- ... / -- .- ... .-.-.”
“Felicidades y muchos años más”.

Ése fue el último mensaje que Juan le envió a su amiga y colega Lidia, con quien aún tiene contacto después de más de 60 años. Fue para su cumpleaños, puesto que era la forma que tenían de comunicarse en las décadas de los 50 y 60 en su mundo de puntos y rayas. Aunque el creciente uso de Internet, móviles y dispositivos tecnológicos ha significado la extinción de esta forma de comunicación, para ambos el telégrafo todavía entraña vida. Hoy, en pleno 2017, el mensaje llegó de la misma forma: En código Morse.

Lidia Llanos y Juan Aldea eran los primeros en enterarse de las buenas y malas noticias que ocurrían en Ñuble y el país en general. Ella se desempeñó como telegrafista por más de 30 años en las oficinas de Chillán y Portezuelo de Telégrafo del Estado. Juan Aldea lo hizo por 20 años.

“Me nombraron el año 1955 como telegrafista, primero aprendíamos el código Morse en la escuela y luego nos convertíamos en aspirantes de práctica. Estudié dos años para eso”, recuerda Lidia, mientras sostiene el manipulador (así se llama el aparato para “hablar” en Morse) en su mano izquierda y con la derecha rápidamente teclea mi nombre. “¿Ves? Carla”, interrumpe riendo al ver mi rostro con gestos de impresión  por la agilidad que aún tiene de manipular el aparato a sus 84 años.

Con esa rapidez entregaba los mensajes. Un mensajero los llevaba y traía hasta la oficina ubicada frente a la plaza de armas de Chillán (al lado de Correos de Chile). Desde Chillán a las otras comunas y viceversa. Los recados que iban al resto del país, al punto que fuera, se enviaban a Santiago. Se demoraban un par de horas en Ñuble, entre que llegaba y se entregaba el mensaje y un día hasta la capital.

“Si uno no entendía en la transcripción, enviaba una señal en Morse para repetir el mensaje, pero era fácil equivocarse de todos modos”, relata Lidia encogiendo los hombros y recordando una de las tantas anécdotas que vivió durante su época de trabajo.

Una vez, ella escuchó y transcribió el siguiente mensaje: “Hay carros para que traiga los animales y embarcarlos en el tren”. Hasta ahí todo bien. Llegó el receptor hasta la estación desde el interior de Portezuelo con sus animales. Al llegar, se llevó una sorpresa, pues Lidia debió escribir “No hay carros para que traiga los animales y embarcarlos en el tren”.

“Ahora me da risa, pero en realidad me preocupé porque al principio me dijeron que debía pagar la estadía de los animales en el pueblo por el error. Finalmente, el dueño de los animales me vio tan complicada que me perdonó la deuda”, rememora la telegrafista.  Lidia se casó, tuvo tres hijos, nietos y enviudó. Recuerda con cariño y pasión su época como telegrafista.

El legado

Juan Aldea jubiló en 1981, según cuenta. Solo tenía 20 años de desempeño como telegrafista, pero la “expiración obligada de funciones” que regía durante la dictadura en Chile lo alejó de su trabajo a sus 40 años de edad. 

Juan, después de retirarse, trabajó como taxista por otros 20 años. Hoy, dedicado a su familia, le cuenta de su oficio a sus nietos. 

“Le hice un video a un nieto para que mostrara en el colegio. Les llama la atención a estas generaciones ver lo que uno hacía”, cuenta.

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