Aborto, derecho y obligación de debatir

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2016-04-04
Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

En los estados libres y democráticos, sin importar la religión que uno profesa, todos tenemos el mismo derecho y obligación cívica de opinar sobre temas que afectan o afectarán a las personas que forman la comunidad. Los que nos declaramos católicos, valoramos el rol de las instituciones democráticas llamadas a discernir, a estudiar y a decidir las leyes que nos rigen como ciudadanos. Asumiendo que cada parlamentario, elegido por el pueblo para representarnos, requiere de toda la libertad para actuar en conciencia, como creyentes deseamos y esperamos que los senadores cristianos y humanistas aprueben leyes que respeten, favorezcan y promuevan la vida humana del que está por nacer en todas las etapas de su existencia.

En el presente debate sobre el aborto, algunos piensan que afirmar que existen muchos abortos clandestinos forzaría a los políticos a legalizarlos, mientras que otros suponen que un número bajo de abortos clandestinos no apoyaría su legalización. En ambos casos las estadísticas no son tan claras ni están libres de manipulación. Para llegar al corazón del tema es importante tener en claro qué ocurre en cada aborto, para luego plantearse la pregunta ética de si es o no correcto despenalizarlo o legalizarlo. Aunque parezca innecesario, es fundamental comenzar afirmando que un embarazo equivale a decir que en el seno de una mujer hay una nueva vida, la de su hijo, que también es hijo de un padre, que también tiene responsabilidades respecto a esa nueva vida. Si el aborto es la destrucción de la vida de un hijo en el seno materno, y si todo ser humano merece respeto en las diferentes etapas de su vida, una estadística nunca puede convertirse en un instrumento para presionar a favor de la legalización de un delito tan grave como es quitarle la vida al ser más desprotegido y vulnerable de todos.

Por lo mismo, en el debate sobre el aborto, como en otros argumentos, las estadísticas nunca serán una tesis válida para llevar al país a despenalizarlo o legalizarlo, más aún cuando muchas veces son fruto de manipulaciones ideológicas. Al contrario, esas estadísticas, en la medida en que sean verídicas y serias, deben servir para preguntarse qué anda mal en la sociedad y qué se debe hacer para llevar a la plenitud de vida desde su concepción hasta su muerte natural. Preservando la vida humana con buenas decisiones, el fenómeno del aborto disminuirá drásticamente. Entonces, miles y miles de mujeres gozarán de la inmensa dicha de abrazar a sus hijos después de los meses de un embarazo que habrán vivido con más paz y con apoyos concretos y solidarios.

En el marco de un Estado no confesional como el chileno, el discernimiento y la reflexión que requiere una decisión en torno al proyecto de ley sobre el aborto implican actuar sin prejuicios, descalificaciones ni caricaturas, recordando lo que nos ha enseñado la historia acerca del derecho a la vida. 

Ante una proyecto de ley que va a afectar a toda la sociedad, y no solamente a las mujeres como algunos equívocamente argumentan, es válido y urgente seguir contribuyendo al debate del Senado de la República  con visiones de valor universal, compartidas por otras tradiciones cristianas, escuelas filosóficas y científicas, médicas y jurídicas, procurando la búsqueda del bien común.

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