La retroexcavadora que asfixia la educación

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2017-06-05

Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

En un mundo tan diverso, el respeto y la inclusión son una necesidad indudable, por ello nadie puede estar en contra con los pasos que se den para  garantizar los derechos humanos de las personas, especialmente en el contexto de las comunidades educativas. Las nuevas iniciativas legislativas, impulsadas por el Gobierno de la Presidenta Bachelet, con la mejor de las intenciones, han apuntado a construir una cultura escolar que permita el clima favorable para el estudio, en un ambiente de igualdad, que no discrimine por la condición social, la adhesión religiosa, u orientación sexual.

Es en esta lógica que el Ministerio de Educación, junto a la Superintendencia de Educación, ha dado a conocer sus recientes Orientaciones y Exigencias a los colegios para acoger e incluir a personas LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex). Este reglamento es obligatorio, desde pre básica a cuarto medio, incluyendo a toda la comunidad educativa a asumir, como lo dice el texto: “Medidas básicas de apoyo que deberán adoptar las instituciones educativas en caso de niñas, niños y estudiantes trans (estudiantes transgéneros)”, ello incluye el uso del “nombre social” que desee adoptar el sujeto, su presentación personal y la utilización de servicios higiénicos según la preferencia de género del estudiante. Las faltas a este reglamento significarán graves sanciones y multas a los colegios que incurran en ellas.

La imagen de la retroexcavadora vuelve a aparecer, sin reconocer lo que miles de directivos y profesores han hecho y seguirán haciendo para apoyar profesionalmente a sus alumnos en las más diversas y complejas situaciones personales que tantos niños y jóvenes viven a diario. 

Con un sistema educacional colapsado, con una reforma que se balancea sin rumbo, una vez más los profesores vuelven a encontrarse con el muro de imposiciones ideológicas que agreden violentamente su dignidad profesional. Desde las oficinas y escritorios de las autoridades actuales parecen entender que los equipos técnicos y de gestión de los colegios son incompetentes e incapaces de gestionar o contribuir a formar una cultura más inclusiva. Se ignoran los proyectos educativos, que ya contienen suficientes elementos para facilitar y formar actitudes de respeto e igualdad en la unidad educativa. A los apoderados se los ignora, sin siquiera consultarles si están de acuerdo en que sus hijas o hijos compartan los baños con los compañeros del otro sexo. 

Los colegios no son laboratorios sociales de experimentación, en que se prueban las últimas ideas, como si viviéramos los tiempos del nazismo en Alemania y comunismo soviético en Rusia. Las imposiciones autoritarias, hace un buen tiempo, saturan de activismo los procesos formativos y judicializan las relaciones humanas en las comunidades escolares. Se pierde el concepto de colegio como comunidad de aprendizaje, y se instala un sistema arbitrario y controlador, en vez de resguardar y garantizar la legítima y necesaria autonomía de gestión y liderazgo en una diversidad de proyectos educativos.

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