¿Por qué fracasan las parejas?

Por: Ziley Mora 2019-03-11

Ziley Mora
html head title/title style type="text/css" /style /head body phtml head title/title /head body/body /html/p /body /html

Reciente y tristemente una buena y aparentemente feliz pareja que se había armado ya ambos bien maduros, después de más de quince años nos enteramos que se apartan y se dejan. Ella -de una clase social alta- afirma que “Lucho -un emprendedor pujante, pero que viene de abajo- se ha enamorado de otra, justo de una “amiga” al acecho. Bueno, amigos, y como él además está en la crisis de los sesenta años, fue presa fácil de sus redes”.

Todo ello muy cierto, pero también es verdad que ella siempre se creyó un alto “don” para él, dejándose estar en su condición de prima donna a la que había más bien que servir. La libertad que dejaba al marido en sus negocios y viajes, ella la justificaba con una impecable razón: la natural confianza que es preciso tener en una relación de adultos. Todo ello cuadraba perfecto en las explicaciones, hasta que nos dimos cuenta que un pequeño indicio delataba el fondo del fracaso: el epíteto de “Lucho”. Nunca dejó de emplearlo en estos quince años. Ella, profesional trilingüe de origen italiano y con un alto estatus intelectual, en vez de llamarlo Luis, Ludovico o “mi esposo”, nunca dejó el alias popular de su procedencia. ¿Qué delata esto? No otra cosa que su inconsciente jamás lo consideró a su altura, ni a él ni a sus  parientes; nunca se relacionó con él de igual a igual, nunca lo trató, -ni presentó a su círculo social- como “un auténtico otro” merecedor de abierta admiración y total respeto. No lo quiso sacar del nicho mental adonde desde un principio lo confinó: siempre fue “el Lucho”; es decir, “el de la pobla”. Demás está decir que este implícito mensaje obró subterráneamente en él hasta que se le hizo fácil -cuando se dieron las situaciones- declararse en crisis. Gran moraleja de este caso: Siempre tenemos “velas en nuestros entierros”, porque ninguna palabra o actitud es neutra o inocente. 

Para la pregunta del título, hay respuestas clásicas y tradicionales. 

A saber:

1. Por hablar códigos muy diferentes y no consensuar significados. Por quedarse en los supuestos y jamás homologar como yo y tú entendemos el amor. Se fracasa por no cultivar una fluida y constante comunicación, por no revisar el sobreentendimiento del lenguaje, ya de suyo ambiguo e interpretable. Quien esto escribe, fracasa en una ya pasada relación de siete años por no dar oídos a la advertencia de un niño de cinco, hijo de aquella pareja de entonces. Cuando yo le pregunté su parecer respecto qué le parecía mi inminente decisión de vivir con su mamá, el vivaz y profético niño me respondió: “Vivan juntos cuando la pasión se agote y la conversación esté clara”.

2. Por falta de respeto y admiración mutua. Cuando ella, una mujer deja de admirar a un hombre, “está todo el pescado vendido”, como dicen en España. Y el respeto, el otro lo pierde como consecuencia del abandonar su estrella, su daimon o “espíritu propio”, perdiéndose así el respeto a sí mismo. Uno de ellos puede llegar hasta los golpes, conviniendo que también se golpea con la indiferencia, golpes a veces más duros que los físicos.

3. Por flojera, por seguir una inercia que lleva a no querer trabajar en sí mismo y crecer con el otro, confiando que el solo atractivo físico o el solo aporte monetario bastarían. Se fracasa cuando uno de los dos deja de aportar a la cuenta corriente del amor y de la amistad. Cuando no hay equivalencia igualitaria y todo el peso de la relación empieza a recaer en los hombros de uno solo. Obviamente los aportes pueden ser diferentes, pero siempre homologables. Por eso los antiguos le decían a los jóvenes “cásate según el oído, no según la vista”. 

Así todo sería cuestión de estar continuamente corrigiendo la sensibilidad para captar la diferencia de vibración entre Luis y “el Lucho”, entre Gabriela y “la Gaby”

Comentarios