La manipulación productiva del tiempo

Por: Ziley Mora 2019-03-04

Ziley Mora
html head title/title style type="text/css" /style /head body phtml head title/title /head body/body /html/p /body /html

Antiguamente trabajar era una experiencia de duración, de meditación y de narración. Porque no se hacía para completar un horario, ni como exigencia para el salario mensual, ni persiguiendo fines y objetivos productivos y así imponerse a la competencia. En el campo de Ñuble y del Chile central, se trabajaba en la tierra y en la cocina para vivir. Por supuesto que para comer, pero ese acto era un compartir, para celebrar con otros los dones de la naturaleza. Podríamos decir, que –dependiendo la conciencia del campesina/a- el lento tiempo laboral era un tipo de tiempo humano, donde las horas se saboreaban, tiempo festivo, sacramental o ceremonial. Pues se trabajaba al ritmo de la luz, al ritmo de las estaciones, al compás de las fuerzas del cuerpo de hombres y animales. Nadie era esclavo de las máquinas. Ni nadie, en sus horas de descanso, era esclavo de las pantallas, esa otras maquinitas-sanguijuelas que hoy dejan deprimidas, solitarias y agotadas a las personas. El tiempo festivo, el del campo chileno de antaño, era un tiempo de libre actividad, no había compulsión por terminar según la tiranía del reloj, donde la campana de la hacienda o de la iglesia era una mera referencia para iniciar el descanso o para la reunión de la oración de la tarde. Y decimos festivo, porque arar la tierra con un caballo, o desgranar arvejas y habas en una fuente, o desmalezar con azada una melga de papas, con el sudor se exorcizaban los demonios y quedaba pura la energía del agradecimiento: el alma bien dispuesta al descanso narrativo junto al fogón.

El tiempo festivo es un tiempo en que la vida se refiere a sí misma en lugar de someterse a un objetivo externo. Y esta es la gran diferencia de esta época con otras: se perdió el sentido del trabajo humano. Así, el tiempo productivo de hoy es un tiempo para el egoísmo, no pensado para el bienestar concreto de la comunidad, no vinculado a esos seres que nos esperan en casa. 

Está diseñado para que esta impersonal tarea laboral que me ocupa, genere unas ganancias de una entidad llamada “empresa”. Tan distinto a una madre que amasaba su tortilla para la comida de la noche. Abriendo ella el nicho en la ceniza del mismo fuego que ella encendiera en la mañana, se le revelaba -junto al cirio de la mesa que ella misma hiciera con cera de abejas- todo el sentido de su esfuerzo: en los rostros amados ya veía dibujada toda la satisfacción del mundo, allí en el rescoldo, todo el júbilo del festejo. Lo mismo cuando la mujer y sus hijas hilaban en la rueca que el marido había labrado con sus manos. Urdiendo la trama de la lana, ellas aprendían, además de ponchos y calcetines, a tejer la hebra poderosa de la vida, a tejer relaciones con el otro, con lo otro; con lo salvaje, con lo silvestre, con el mercado, con el mundo circundante y dominante. 

Hay algo profundamente perverso en nuestro tiempo moderno: no tenemos paz interna mientras se trabaja y menos mientras se descansa. Debemos liberar la vida de la presión del trabajo y de la necesidad de rendimiento. De lo contrario la vida no merece la pena vivirla. Antes sí que se disfrutaba el tiempo como duración. En cambio, hoy, como tan certero lo dice Chul-Han, “el tiempo se desintegra en una mera sucesión de presentes puntuales; ya no es narrativo, sino meramente aditivo”. Nadie puede leer una saga con altos significados entre el ruido brutal de las máquinas o entre los bits de un excell contable. Y lo que es peor: al llegar a casa, hoy ya nadie tiene tiempo para sentarse con alguien en un banquito bajo un árbol, para simplemente ver pasar la tarde; así, en silencio, sin objetivos, apenas con un cigarro en la boca, por el puro gusto de sentir el anochecer en compañía.

Comentarios