Identidad y fiesta costumbrista

Por: Ziley Mora 2019-01-27

Ziley Mora
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“Sé dónde tengo el corazón y por quienes late”, decía el argentino Julio Cortázar. Grave cosa no saber dónde está el propio corazón u olvidar quién es uno. Y peor aún si el sujeto social, el país, no tiene respuesta la pregunta “¿Quiénes somos los chilenos? ¿En qué nos diferenciamos de otro cualquier país? A fuerza de tantos estímulos, de tanta novedad consumista con la que a diario nos atonta la marea digital, el corazón suele perderse y no saber por qué late ni menos por qué valores se la juega. No desconocemos que hoy, en las redes sociales, junto con millones de toneladas de basura, hay también perlas preciosas. Por lo que corremos el riesgo de irnos tras perlas ajenas, absolutamente ignorantes que acaso esas mismas –u otras mejores- bien pueden estar dentro de nosotros, de nuestra propia tradición. Por eso, junto con el constante autoconocimiento, necesitamos, un criterio discriminador de lo valioso y de lo auténtico. Y éste no puede ir sólo por la comida. Cada país tiene su propia empanada, su propio vino o lo que es su equivalente a la longaniza o la humita. México, por ejemplo, esgrime los tamales. Sólo si somos singulares se nos justifica el existir. No basta bailar la cueca y comer un costillar ahumado para decirnos que somos únicos y distintos. Y no es relevante si en una fiesta costumbrista chilena se mezcla la cumbia, las rancheras, o los bronces de bandas norteñas: son todas formas de la patria latinoamericana que a la postre expresan algo no distinto y muy de superficie.

Se requiere hurgar en lo profundo del alma de cada nación. Interrogar a su paisaje, bucear en su historia, penetrar el secreto del ADN primordial. Es decir, se requiere hacer el viaje a la cultura profunda, a los modos de pensar, a las cosmovisiones sustentadoras, al ser pues, que es previo al quehacer histórico y que originó nuestro folklore. Y allí encontraremos, que el folklore no es nada “popular”, que no viene del pueblo. Son unas elites que transmiten a través de las artes nativas unos valores bajo formas de poesía o de trajes, o de colores, o de lo que sea. El folklore es en el fondo una ciencia secreta...Su objetivo ha sido más bien conservar algo. En un momento en que hay tanta crisis ética y sociopolítica, se hace urgente que Chile recuerde, recorte y perfile su identidad auténtica. Y ese rito lo podemos fortalecer en las fiestas costumbristas. Porque todavía allí hay un vestigio del alma propia y antigua de nuestros mestizos ancestros. Y en ellas, ¿dónde buscar dicha identidad más genuina? No hay otra respuesta que discriminar para llegar al punto donde confluyan las dos fuentes de este río que somos; es decir, la cultura hispano-cristiana y la cosmovisión mapuche que articulaba –en un lenguaje polisemántico, ritual y mágico– una formidable concepción de la Naturaleza. A través de remontarnos arduamente por el lecho de estos dos brazos, Chile podrá encontrarse a sí mismo.

Porque es fácil financiar una ramada y contratar una banda, pero es mucho más difícil recuperar una escuela del tejido de ponchos con los misteriosos diseños de un leguaje perdido. 

Por eso es que celebramos a la  Municipalidad de Coihueco por entender que no basta sólo la Gran Fiesta Chilena de sus ya tan famosas Raíces Criollas. Su alcalde y su consejo comprendió que no sólo de asados de cordero vive el pueblo, sino de un mosto más puro y embriagador que el pipeño: el vino de la sabiduría antigua. Por eso es que -con preciosa lucidez- nos ha patrocinado la reedición de nuestro primer libro “Refranes criollos de Coihueco y Ñuble” que este autor rescatara en su comuna 40 años atrás. Porque antes se aprendía a punta de dichos y refranes siendo éstos la primera universidad ambulante de la patria ñublensina. ¡Salud!.

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