Bien arriba, en la tierra sin males

Por: Ziley Mora 2018-11-12

Ziley Mora
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Hace poco volví a la cordillera de Pinto, esa todavía llena de raulíes, coigües, canelos y ulmos. Tal como lo dice la canción de Concha Buika y Chavela Vargas, lo mismo que un árbol que en tiempo de otoño se queda sin hojas, uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas. “Al fin la tristeza es la muerte lenta de las simples cosas; esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón. Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amo la vida. Y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas”. Y yo regresé a mi viejo sitio de antaño, a ese árbol en Shangrila, en plena cordillera de Chillán, luego de que hace muchas décadas lo abandonara en mi infancia. Aquí, alguna vez cuando niño, subiendo hacia las Termas andinas y escapado del rígido control de mi padre, mirando las simples cosas del misterioso paisaje que se atardecía en oro, el alma se me llenó de imposibles. Quise recordar -para retenerlas y salvarlas del olvido- los exactos gestos de la gente de antaño, las maneras arcaicas de curtir la piel de un chivo, las sencillas historias de animales salvajes, las costumbres de los arrieros antes de dormir, los relatos que escuché junto al rústico fogón. Interrogué al viejo árbol que dónde se quedaron esas menudas sabidurías, y me susurró quedamente al oído: “no se han ido, solo que el olvido es la fatalidad de los hombres”. ¿Cómo pude perder aquel preciso orden de humildes y queridas cosas? Cuando quise reaccionar, la tarde, como entonces en mi niñez, ya se había ido de nuevo y se ahondaba en otros ayeres aún más remotos.

Allí en la cordillera, hubo -y todavía las hay- tardes frente a una puesta de sol con manchones de nubes tales, que esos colores parecen arrancados del crepúsculo de los dioses. Vemos los inconcebiblemente limpios amaneceres que aguijonean nuestro corazón para cumplir un destino de grandeza. A veces se ponen arcoiris bajo nuestra casa y se nos recuerda que vivimos bajo el techo de Dios. A veces ello se produce en la misma ciudad, en ciertas experiencias fugaces con otro ser humano en tránsito, con un tú amigo donde ambos presentimos que éramos células vivas del cuerpo de una divinidad mayúscula, en ciertas conversaciones con sentido alrededor de una taza de té que al final interrumpimos con un silencio sagrado. Y lo hacemos, porque presentimos que allí casi rozamos el Misterio. Porque el sentido del mundo nos sobrepasa, el significado de habitar este cuerpo, esta tierra, este multiuniverso de una vida celeste, pero caduca, nos sobrepasa. Parece que simultáneamente fuéramos diez mil vidas paralelas y reunidas percibiendo, amando, comprendiendo. Por eso tengo la sospecha de que los elementos, los ingredientes de la utopía -la Tierra Sin Males- ya existen por ahí, “son” en alguna parte, aunque dispersos y semienterrados. Más al sur le llamaron “La Ciudad Perdida de los Césares”. 

Nuestro trabajo será entonces reunirlos con inmensa paciencia con arreglo a un plan, según el diseño de un mito, al modo como un artesano del medioevo construía un delicado vitreaux.

Nuestro montañoso paisaje, nuestro Chile, tu historia personal, si de verdad lo quisiéramos ver así, es un astillado fragmento de luz verdadera, una bella pieza con diseño divino, a veces detrás de una apariencia de dolor, de trabajo, o de estupidez. 

Nuestros mitos indígenas o europeos, la búsqueda de la esmeralda sagrada de nuestros Griales, “pueden equivocarse, pero se dirigen, aunque vacilen, hacia el puerto verdadero” (Tolkien). En cambio, la usura depredadora de la banca y sus especuladores, el pensamiento utilitarista, enfermo de egoísmo y pequeñez, conducen solo a un abismo devorador del ser y a la cárcel de hierro de las fuerzas del Mal.

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