Somos mapuche por naturaleza

Por: Ziley Mora 2018-10-22
Ziley Mora
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Hay diferentes órdenes de mapuches
x adopción, x raza, x astucia/  mapuches x conveniencia/ mapuches hay x aire de familia./ Yo por mi parte soy un mapuche x derecho propio: mi padre es el Sol/ y mi madre es el agua de la vertiente/ (la culebra de la vertiente).

Estoy en libre plática/ pido que se me declare mapuche/ no tengo ninguna idea preconcebida/ Soy un mapuche x naturaleza/ dudo que haya alguien más mapuche que yo.

(NICANOR PARRA)

Hace poco, el antecedente genético del chileno comprobó científicamente lo que ya se sabía: el 95% de la población tiene genes indígenas, fundamentalmente mapuche, casi en un 51%, mientras que el otro 49% es de ascendencia europea. Pero más allá de este dato duro, que nos impone una identidad mestiza única, lo que importa es la identidad espiritual que la determina el ecosistema que habitamos. Todos los día nos bebemos el maternal ngenko o “espíritu” de las aguas subterráneas o cordilleranas  y nos comemos la paternal semilla que la ha energetizado la fuerza de Antu, el sol. Por ello, aunque nuestros cuatro abuelos y dos padres sean europeos, seguimos igual siendo mapuche por naturaleza, por el diario y renovado influjo constitutivo que alimenta nuestras células. Mientras haya una persona que viva en este suelo, lo festeje respetando sus ciclos y aún persista enarbolando la bandera de la Naturaleza, habrá mapuche, habrá “gente de la tierra”. Todo ello independiente del accidente de su apellido, de su lugar de nacimiento o de su condición citadina. Además, lo mapuche no se puede acabar nunca, porque mapuche en Chile son las cascadas, los cerros, los lagos y los bosques. Si hasta la toponimia entera lo declara. Lo mapuche, la categoría espiritual del “ser mapuche”, solo dormita en Chile -incluso al interior de muchos peñi y lamngen no asumidos- y algún día se despertará pleno al interior de ese resto de chilenos y chilenas que quede fiel. Según el sentido de la lengua, Mapuche, más que gente de la tierra, quiere decir “persona del gran espacio de la naturaleza”. Y justamente kuifiche, “viejas personas” -con sus espíritus inteligentes o “ngen”- son las rocas, cascadas, los árboles, los lagos, los cerros y los bosques, la tierra y los astros. Y ellos, los mapuche originales de los viejos lof, en sus relaciones, lenguaje y su cultura, tuvieron el natural sentido de nada más señalar su percepción no interferida por ideologías, dogmas o mentalidad de época. Y lo central de dicha cosmovisión es la trascendencia de renacer como humanos en este mundo, la desconocida naturaleza que existe como prolongación de esta, reconocimiento de la llamada a ser pillán que nos hace y deshace por estas riberas de lo posible. La responsabilidad que significa ser persona en y de la tierra, ser prolongación humanizada de ella y de alguna forma un tipo de sobrenaturaleza viva y actuante, fue lo que también señalaron con sus nombres otros pueblos ancestrales, declarando su valor al denominarse en propósito con sus relaciones; así hopi como “pueblo de paz”, lakota como “aliados”, tolteca “artistas”, etc.

Nuestra tarea de chilenos conscientes es entonces revivir lo saludable que había en el principio de las cosas. Porque en un origen fuimos cobijados por esta madre mapu-tierra, nuestra madre universal que a cambio de nuestro respeto nos asistía con su sabiduría y salud, con la mejor de sus aguas, con el más óptimo aire y con la belleza sanadora de cualquier lago y sus bosques. Por eso, qué de extraño tiene que la enfermedad no sea otra cosa que una desintonización, una desconexión de la vibración sutil del paisaje, una interferencia de onda, un alejarse de la naturaleza, tanto personal como social y material. De ahí cuánta razón de nuevo le asiste a Nicanor: “Muchos los problemas/Una la solución:/Economía Mapuche de Subsistencia”.

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