Aún es posible una ciudad encantada

Por: Ziley Mora 2018-10-16
Ziley Mora
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Un 21 de octubre de 1520 se descubre Chile por el sur. A bordo de la nao Trinidad, el intrépido navegante Hernando de Magallanes se adelanta  más de 15 años que Diego de  Almagro por el norte. Pero hoy, ¿cómo y dónde descubrirnos? Es decir ¿Dónde encontrar hoy un tesoro mayor, aquello que nos otorgue la auténtica felicidad, algo que la muerte no corrompa? ¿Dónde retirarse para encontrar la inaudible y consoladora voz de Dios? ¿Qué intrepidez se requiere para encontrar el oasis de la ciudad encantada? Pasa por atreverse a descubrir las pistas que lo lleven a conquistar “el secreto lugar de la tranquilidad”, “la fuente inmortal” del inspirado gozo. Es decir, la meta es llegar a esos Everest y Aconcaguas internos, ver por fin ese lago encantado al sur del reino de Chile, depositario de la vida inmortal de Los Césares, llegar a esa Cíbola espiritual, la antigua Florida de la fuente de la eterna juventud que ennobleció a Ponce de León. Porque el nuevo mapa la hace coincidir no con un territorio físico latinoamericano, sino con la zona del silencio profundo del yo interior, allí donde vive el Ser. 

Dios habla en ese silencio profundo del alma, cuando nos retiramos al desierto sin estímulos, más allá de la jungla de las emociones desordenadas y del caos de los estímulos sensoriales, intelectuales o digitales. Y a esos sitios, al igual que antaño, solo puede acceder un aguerrido conquistador, que de nuevo se atreve a avanzar con yelmo, espada y escudo por la selva ignota. Es decir, con las mismas armas hechas a mano, pero hoy confeccionadas con un material más sutil que el acero de entonces: deben de estar hechas de visión interna, de mística, de observación de sí, disciplina mental, autoevaluación diaria. El guerrero/a o montañista interior, es ese inconforme que se atreve a ir más allá de sí mismo/a, renunciando a su cómodo campamento, al hipnotismo provocado la “Matrix”; es decir, a despertar de la idiotización de las creencias colectivas, a la robotización uniforme de las identidades. Hoy, los nuevos Cortés o Almagro, los Aguirre, los Gonzalo de Quezada, los Vasco de Quiroga, Mendozas o Mascardis, ya no aplastan a los nativos ni imponen una fe, sino que aplastan su propia sombra negra, degollando las anacondas de sus programados circuitos cerebrales que obligan a creer y tragar. Ellos y ellas avanzan hacia el mismo alto y desconocido Machu Picchu del alma, picados sin misericordia por el veneno de los infinitos millones de datos-mosquitos de la ciénagas audiovisuales, sin los apoyos financieros del oro de las cortes mundiales, con toda clase de censuras por ser políticamente “incorrectos”. Hoy son más anónimos que antes, sin ejércitos de ninguna índole, recortados y luchando solitarios por angostísimos senderos anti-masa, a punto de ser desbarrancados por la bestia miedosa del poder reinante. Porque hoy, en pleno centro de una ciudad latinoamericana -y aquí tal como era ayer en las urbes medievales de Roma, Madrid y Lisboa- todavía el placer del rebaño sigue siendo más antiguo que el placer del yo.

Con la muerte respirándonos en la oreja, lo decisivo ni siquiera son las experiencias, sean estas del pasado o del presente, sino el significado que les iré asignando, qué es lo yo quiero hacer con ellas, qué simbolizarán para mí. Así, haciendo silencio interior, cualquier sendero puede volverse una pista que de seguro nos conducirá al Machu Picchu divino, al oasis encantado, al Cuzco de oro a la Ciudad de los Césares inmortales. Y en el camino seré feliz.

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