Una Iglesia laica y mística

Por: Ziley Mora 2018-10-01
Ziley Mora
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Es probable que la teología liberal “mató” a la Iglesia en Europa, pero curiosamente, la misma teología, en su versión de Teología de la liberación, la fortaleció en Latinoamérica. Mártires y testimonios como los de Mons. Romero, desangrando en el altar de la Catedral de San Salvador, el cardenal-profeta de los pobres, Helder Cámara en Brasil, o el valiente Silva Henríquez en la dictadura chilena, defendiendo a los torturados, le dieron credibilidad y prestigio tal, al punto que muchos jóvenes se hicieron sacerdotes por esos ejemplos. Miles de marxistas se convirtieron al cristianismo. Aquí todavía la mantiene la astuta administración de la religiosidad popular, tan vinculada a la cosmovisión sagrada de nuestra Amerindia. Pero como el Papado está en Europa, curiosamente su mismo giro conservador después de la inesperada apertura de Juan XXIII, la han terminado por casi demoler: los célibes, ya sin ningún heroísmo apostólico, no supieron qué hacer con su energía guardada. Y se les empozó en el cuerpo y se pudrió, originando los desvíos sexuales típicos de todo funcionario de un imperio próspero. El orgullo masculino, el creerse “casta especial”, dejó la puerta abierta a los demonios. Y éste atacó por lo más obvio, la sexualidad reprimida. El aburguesamiento cómodo fue cubil para que floreciera el “pecado de la carne” en pedofilia y homosexualidad. Lo peor: la cobardía de no asumirse y renunciar a unos hipócritas votos, despojarse de su soberbia investidura para volver al trabajo humilde y así bien ganarse el salario, dejando de parasitar del diezmo de los sencillos. 

El  jesuita Teilhard de Chardin demostró que “lo crístico redentor” no pasa por la institución eclesiástica. Esta casi nunca ha respetado lo crístico en otras culturas milenarias, y ser lo que dice su nombre: “katá holón”, es decir, comunidad de fe “según la totalidad”. La Iglesia Católica es una organización que nace de una interpretación del mensaje de Jesús. Pero dejó fuera perlas que se sepultaron en los llamados “Evangelios apócrifos”. Toda su  posterior prepotencia política de imponerse sobre el “paganismo”, se basó en un supuesto precepto de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Entonces, como la Iglesia es el “Cuerpo de Cristo”, ninguna otra fe o tradición es verdadera. Pero resulta que esa enseñanza provenía de un precepto hermético egipcio, pronunciado por Horus milenios atrás, quien dijera algo muy distinto: “El Yo Soy es el camino, la verdad y la vida”. El mensaje de Jesús fue políticamente trucado. Amén que el “Padre” de Jesús, invocado en su cruz, nunca fue la misma divinidad de Israel. 

¿Cuál era la divinidad de esta andina tierra de Chile, antes que el catolicismo nos impusiera con sangre su teología? Para hacerse comprensible, el Gran Espíritu habló aquí con lengua autóctona aliada al ecosistema local. Una cosa está clara: siempre se le asoció a la Naturaleza Desconocida del universo, su sacerdocio era laico, de machis, donde el sufrimiento previo acreditaba una vocación auténtica. Nunca hubo en Chilimapu una casta de clérigos administradores de la Füta Newen, de la “Gran Energía”. 

Al final de esta era, le sobrevendrá al mundo acaso la encarnación de otro Maestro Divino y otra revelación, casi como un eterno retorno. La Iglesia desaparecerá como institución y solo permanecerá en la forma de Reino de Dios, sin denominaciones, sin estructuras. Solo existiendo en el espíritu humano lleno del Espíritu Santo. Seremos “uno” como especie. La Iglesia de Chile hoy se desmorona, pero de entre el hedor de sus sucias sábanas -que no son precisamente el Sudario de Turín- una Iglesia laica nacerá. ”El camino es fatal como la flecha, -recuerda Borges- pero entre las grietas, está Dios que acecha.”

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