O’Higgins nos escribe por los baños públicos

Por: Claudio Martínez Cerda 2018-09-04
Claudio Martínez Cerda

Director Santa María la Real-Chile
Estudios Universitarios: Universidad de Chile.
Postítulo: Magister en Administración Pública. Instituto Universitario Ortega y Gasset, Madrid, España, 1999. Universidad de Sevilla, España, 2003. Subdirector Administrativo de Gendarmería de Chile, 1991 – 1993. Director Nacional de Gendarmería de Chile, 1993 – 1997.

“Existo en este lugar desde 1919. Ese año una multitud que participaba en un evento en el Teatro Municipal, liderada por un joven llamado Serafín Soto Rodríguez, ingresó a la plaza, llegó hasta mi pedestal y  arrancó el velo que me cubría, en un acto de rebeldía. Llevaba meses cubierto por una gruesa tela, lo que provocó la indignación de mi pueblo chillanejo. Antes de retirarse cantaron emocionados la canción nacional. 

Debo confesar que me agradó constatar que en mi tierra natal era aún  popular. Las arremetidas de los carreristas, no habían hecho mella. Dos veces al año, el 20 de Agosto y el 18 de Septiembre y también en otras ocasiones, ponen en mis pies ofrendas florales, vienen muchas organizaciones, incluidos mi hermanos de la logia. 

Es un tanto monótono estar aquí arriba, pero puedo observar todo lo que pasa a mi alrededor.  A medida que transcurren los años ya no despierto el mismo interés. Muchos pasan muy rápido, cabeza gacha y muy abrigados en invierno. Otros ni siquiera ven lo que está en sus narices, avanzan a tropezones con unas pequeñas tablas en sus manos que luego manipulan de manera frenética. 

Una noche de enero de 1939 todo se derrumbó alrededor mío. Cómo diría una vecina, la ciudad ya no estaba. Solo dolor, escombros y muerte eran visibles desde mi pedestal. Mi cabeza también rodó. 

Lo que no  pudieron hacer los realistas, lo hizo el terremoto, pero una mano piadosa la volvió a su lugar y recuperé mi puesto de vigía de la ciudad que ahora estaba en ruinas. A  mi alrededor se desplegaron enormes carpas, allí se repartía agua y alimentos,  también urnas para los fallecidos. Todo era caótico los primeros días y meses, la muerte estaba por todas partes, pero lentamente primero y de manera intensa más tarde, casi como un milagro, el paisaje empezó a cambiar, los árboles crecían cada día más y se construyeron en pocos meses grandes edificios como el de la gobernación. Desde mi pedestal veo el ascensor que le colgaron. Como dicen los lolos que fuman a mis pies, “na que ver”. 

Luego he resistido dos terremotos más, he sufrido un poco, pero sigo en pie. Claro que mi autoestima se ha venido al suelo. Hace poco tiempo la municipalidad empezó a construir a mi lado unos  baños públicos. Al comienzo pensé que sería un pequeño cubo liviano y transparente, donde se  informaría a los turistas quién era yo. Pero nada, son  5 WC y 3 urinarios, en cajón de cemento sin ninguna gracia y  de dimensiones no menores. Siento que he tocado fondo, ya ni para las autoridades soy visible, y menos importante.  De solo imaginar a las miles de  personas que vendrán para las próximas fiestas, haciendo cola para orinar o defecar, me da náuseas. 

Soy el Padre de la Patria, hijo de esta tierra, pero sufro de la indiferencia junto a mi querida y hermosa plaza, mi hogar desde 1919. 

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