El sargento coihuecano que lideró el crimen en La Pintana

Por: Felipe Ahumada Fotografía: Agencia Uno 10:05 PM 2017-05-13

Hace no más de 15 minutos que había sonado el timbre, marcando la hora de salida de los alumnos y trabajadores de la Escuela Marta Colvin, de Coihueco, por lo que Magali ya había dejado su delantal y sus quehaceres como manipuladora de alimentos.

Llovía, o casi. Por eso, afuera la aguardaba su hijo, Álvaro,  en una furgoneta blanca con la que partieron hasta la Villa Regidores, rumbo a la pequeña casa en la que, con su esfuerzo y el de su marido, hicieron crecer a sus tres hijos: Cristian Pinilla el mayor; Álvaro e Ignacio, el menor.

“Allá vienen”, avisa un grupo de vecinos apostados fuera de un pequeño negocio. Es bastante cierto eso de que en Coihueco todos le conocen la vida a todos, “pero aún así, lo del Cristian, que pasó el año pasado, se vino a saber acá en el barrio hace como unos dos meses no más. Ellos son súper reservados y más con cosas tan delicadas”, dice Sara Pincheira, comadre de Magali, minutos antes de que se asomara la camioneta blanca al barrio.

Lo “del Cristian” es incomprensible aún para Carabineros, institución a la que pertenecía hasta agosto de 2016, antes de ser dado de baja por formar una red de corrupción y de delitos graves, junto con otros nueve funcionarios de la Tenencia El Castillo, en La Pintana, Santiago, una de las más bravas de Chile.

Era El Castillo donde estaban algunos de los funcionarios de calificaciones que rayaban en la reprobación, los que rara vez sumaban felicitaciones en sus hojas de vida. El Castillo, en donde el narcotráfico era la regla y la ley de la “cana”, el evangelio.

Y “el Cristian”, quien tenía experiencia en persecución del narcotráfico y accidentes de tránsito, el hijo de un agricultor modesto de Coihueco, el mayor de estos tres hermanos que “salían poco de la casa”,  el alumno de la Escuela Guillermo Drake Wood, de notas no muy memorables, el que perteneció a una generación de adolescentes que ocupaban sus tardes en la plaza viendo la gente pasar, fumándose un cigarro o diciendo garabatos como acto de rebeldía ante ese porvenir que parecía tan lejos de la comuna.

Ese era el Cristian, quien encontró en La Pintana, siendo ya sargento, un Castillo en el que buscó ser rey. Los excesos y una reina negra le hicieron perder el imperio, su trabajo y su libertad.

“Por 100 mil  le cambio el aceite”

Para algunos pobladores de El Castillo fue un trabajoso triunfo el conseguir, tras años de fracasos, que se instalara una tenencia en la población, siendo Benito Baranda, la figura del Hogar de Cristo, quien se transformara en el rostro de esa cruzada que en 1988 llegó a destino.

Era entonces una dotación de apenas 22 funcionarios para una intimidante población de 55 mil habitantes, conocida por sus muchas pandillas armadas y violencia.

En mayo de 2016 fue en una feria popular que algunos vecinos, curiosamente muchos de ellos inmersos en el narcotráfico, comenzaron a repartir volantes con las fotos del sargento Pinilla, del cabo Luis Vivallos y otros, alertando que se trataba de carabineros ladrones, quienes allanaban casas ilegalmente para robar dinero, especies y quitar drogas.

Y si bien para Pinilla esto supuso la primera alerta del riesgo que corría, ignoraba que desde hace un tiempo que el OS7 los venía investigando secretamente, luego de recibir varias alertas hechas por los mismos narcos que tuvieron problemas con el coihuecano, ya que este no solo tenía una organización dedicada a la extorsión y al robo, sino que además una relación, si no amorosa, al menos sexual con una conocida narco de 49 años, a quien le allanó la casa en noviembre de 2015: Luisa Aguilera.

No se sabe qué pasó en ese procedimiento, pero debió ser fulminante, porque Pinilla nunca incluyó el nombre de  Luisa en el parte, librándola de cualquier lío posterior.

Las escuchas daban cuenta de que ella le daba dinero para que “no anduviera como los otros pacos comiendo leseras en el frío”, que él arrestaba y reventaba las casas de sus competidores, y que, al parecer, ella le pagaba por favores sexuales. “Por 100 mil te hago el cambio de aceite”, dice literal en uno de los tantos  diálogos subidos de tono que ambos sostenían a menudo.

Pero las escuchas delataban además cuando Pinilla, Vivallos, el teniente Contreras, jefe de la Tenencia, y otro puñado de funcionarios, se repartían “las colitas”, organizaban chantajes a cambio de dinero o cuando se retaban e insultaban entre sí por haber desperdiciado una oportunidad de haber llegado a casa con una “buena mascá”.

Llamados que no dejaron fuera a la familia y que le permitieron al OS7 saber sobre una cadena de oro que le ragaló a su hemano menor y dinero o regalos que Pinilla le llevaba a su esposa Vanessa.

Sí, Pinilla estaba casado con Vanessa, lo que al parecer irritaba a Luisa. Fue tras una conversación telefónica entre la narco y el sargento Pinilla, en la que éste la trató de “compadre” o “huevón” para no alertar a su mujer, que una radical Luisa decidió confesar todo al OS7, poniendo fin al reinado de Pinilla, quien cansado de  las amenazas y del peligro que él mismo sembró, estaba pensando en comprar un arma para defenderse e irse de El Castillo.

Hoy, esperando un juicio oral que sabe le será gravemente adverso, no le queda más que olvidar su violento reinado en La Pintana.

Pedro Carvajal, inspector general de la Escuela Marta Colvina, dice: “mi esposa fue profesora de Cristian”.

El dato gana relevancia cuando agrega: “en esos años, y todavía, muchos niños no ven más que lo que hay en sus casas, pocos tienen grandes sueños y claro, la opción de ser carabinero les seduce mucho, por la seguridad, el sueldo y el ser autoridad, algo impensado para ellos, por eso hay mucho carabinero de Coihueco”.

El auto blanco llega al final del pasaje. De él descienden  Magali y su hijo con una mirada severa al ver gente desconocida esperándola.

“Buenas tardes, señora Magaly, soy periodista. ¿Podemos hablar?
-A ver, ¿sobre qué?
-Sobre Cristian.
-No.
Responden secos ambos al unísono, cerrando la reja negra de la última casa del pasaje, esperando refugiarse de la lluvia y de los días fríos del otoño.

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