El dedo de Lagos

Por: Claudio Martínez Cerda 2017-04-18
Claudio Martínez Cerda

Director Santa María la Real-Chile
Estudios Universitarios: Universidad de Chile.
Postítulo: Magister en Administración Pública. Instituto Universitario Ortega y Gasset, Madrid, España, 1999. Universidad de Sevilla, España, 2003. Subdirector Administrativo de Gendarmería de Chile, 1991 – 1993. Director Nacional de Gendarmería de Chile, 1993 – 1997.

Ricardo Lagos buscó la cámara que lo apuntaba más de frente, alza la voz, no deja que se le interrumpa y se dirige directamente al dictador, le apunta con su mano desnuda que solo tiene como arma  su dedo índice, dice lo que muchos hubiésemos querido decirle a Pinochet, habla por nosotros, por 15 años de silencio y represión, lo trata de dictador y le apunta una vez más, lo desafía, le dice que quiere engañar al pueblo de Chile, habla por los desaparecidos, por los  torturados, por los perseguidos, por lo que sufren. 

Cuando termina, Chile no es el mismo. Una sensación de euforia y esperanza nos invade. Es posible terminar con la dictadura por la fuerza de las convicciones. 

Ricardo Lagos ha dado una demostración descomunal de coraje y consecuencia, de frente, mirando al dictador Pinochet a los ojos, con sus manos limpias y desnudas, sin otra herramienta que su profunda convicción que para restaurar la democracia en Chile había que arriesgar incluso la vida. 

Fue y será nuestro héroe de la recuperación de la democracia, más allá de sus extraordinarias capacidades intelectuales y políticas que lo llevaron a ser el primer presidente socialista post dictadura y el segundo en la historia de Chile, después de Salvador Allende. 

Por eso impacta lo que ha ocurrido hace pocos días en el Comité Central del PS. No porque haya perdido, eso es parte del juego democrático, y él lo sabe, sino por la forma en que su propio partido lo expuso a una situación que de seguro en la intimidad de su ser, le resulta, como a muchos de nosotros, incomprensible. A quien contribuyó decisivamente a derrotar a la dictadura, a rostro descubierto, con  sus manos limpias, mirando de frente y argumentando con claridad, de manera directa y sin ambigüedades, se le derrota al amparo y protección del voto secreto, anónimo e invisible. 

A qué le temían, estamos hablando de dirigentes políticos, no de  ciudadanos desamparados. A Ricardo Lagos le habría gustado por cierto conocer sus rostros, sus razones, no en vano arriesgó su vida para que los mismos que hoy no lo apoyaron, y los que lo denostan en las redes sociales, pudieran ejercer el sagrado derecho a opinar y decidir libremente de acuerdo a sus conciencias ilustradas. 

Pero no ocurrió así y se impuso el secretismo, el anonimato, las negociaciones en el área chica y una política de acuerdos entre cuatro paredes. No hubo debate ni diálogo entre los incumbentes, ni de estos con los electores.  

¿Quién es el principal damnificado de todo esto? El propio Alejandro Guillier, quien no es ningún idiota e incapaz,  como algunos parecen empeñados en demostrar, sino por el contrario es un hombre de méritos indiscutibles, legítimo representante del humanismo laico, al cual estos anónimos adherentes han sido incapaces de defender, pues eso le obligaría salir de las sombras. 

O acaso votaron con vergüenza o sentimientos de culpa. Lo cierto que quienes han salido en su defensa y apoyo son connotados “laguistas” como se les denomina, a los que reconocemos su vocación democrática. Cómo dijo el propio Lagos, de manera impecable en su discurso de despedida: “amigos, la vida continúa”.

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