“Cuando somos débiles, entonces somos fuertes”

Por: Monseñor Carlos Pellegrin 2017-02-13
Monseñor Carlos Pellegrin
Obispo de Chillán

Entró a la S.V.D y desde 1978 hasta 1980 realizó estudios de Filosofía, como miembro de la Congregación del Verbo Divino, en el Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Entre los años 1981 y 1985 hizo estudios teológicos en el Instituto de Misiones de Londres, anexo de la Universidad de Lovaina.

El 25 de marzo de 2006 el Santo Padre Benedicto XVI lo nombró Obispo de San Bartolomé de Chillán, para suceder a Monseñor Alberto Jara Franzoy que había presentado su renuncia por razones de edad.

Monseñor Carlos Pellegrin asume la Diócesis de Chillán a los 47 años, el sábado 29 de abril de 2006, con el deseo de servir a esta Iglesia Diocesana con todo el corazón, en el espíritu de Jesucristo nuestro Señor y fiel a las enseñanzas de la Santa Iglesia.
El Obispo de Chillán, monseñor Carlos Pellegrin Barrera el año 2007 fue electo presidente del Área de Educación y miembro de la Comisión Pastoral (COP) de la Conferencia Episcopal de Chile (CECh). Asimismo, fue electo Presidente de la Organización Internacional de la Educación Católica (OIEC).

El Apóstol Pablo, reconocido como santo y gran evangelizador de la Iglesia primitiva, reconociendo sus debilidades y fortalezas, les escribe a los cristianos de Corinto, en su segunda Carta, con elocuente sinceridad: “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Sus palabras tienen relevancia para todo ser humano,  aún entre los que dicen no creer en Dios, pero que cultivan sus nobles ideales y se esmeran por ser cada día mejores personas. Yo diría que, aún más, estas inspiradas palabras del Apóstol también son válidas para nuestras sociedades que, como lo constatamos a nivel nacional y mundial, vive tiempos de vicisitudes, incertidumbres, anhelos y esperanzas.

En las últimas semanas, importantes sectores de nuestra nación, y en ello desgraciadamente muchas comunas de Ñuble también, han estado librando sacrificadas batallas contra el fuego devorador que mata vidas humanas, destruye propiedades y deja en evidencia la fragilidad de las organizaciones estatales que tienen como misión preservar la seguridad y el bien común de todos, en una tarea fiscalizadora que evidentemente no se ha realizado como se espera y requiere. 

Como Pablo, la patria está llamada a reconocer su fragilidad y ver en ella una oportunidad de mejorar las estrategias necesarias para enfrentar las catástrofes naturales, que seguirán desafiándonos como familia chilena. Es bueno y necesario preguntarse qué hemos hecho mal, que no deberíamos haber hecho y denunciar con claridad a quienes pueden haber causado los incendios, pues es imperioso que reparen, con lo que la justicia les imponga, el crimen o encubrimiento del mismo que hayan cometido. 

El optimismo de Pablo, quien ve en la debilidad una fuente verdadera de fortaleza, debería también distanciarnos de todo lo que nos impide convertir nuestras crisis en oportunidades llenas de esperanza y potencial positivo. Bastaría abrir los ojos y reconocer las maravillosas expresiones de solidaridad de tantos que, con el orgullo de la bandera patria, han llegado a aliviar a las víctimas del fuego devorador. Habría que recordar los testimonios de muchos vecinos que, después de estar alejados por una virtual apatía, se han unido para atacar al enemigo común, reconociendo que nadie puede vivir solo en este mundo y que la unidad es nuestra fuerza. 

Deberíamos animar nuestros espíritus e inspirarnos en los cientos de hermanos que, desde otras naciones, han llegado para unir sus manos por el bien común, que no conoce límites ni nacionalismos, y que en aviones o abrazando una pala nos han emocionado hasta las lágrimas.

“Cuando somos débiles, entonces somos fuertes”, nos han dicho con un compromiso sin límites los cientos de voluntarios de diversas organizaciones, bomberos, miembros de las Fuerzas Armadas y Carabineros que, sin mirar los riesgos, han sacrificado su propio bienestar por servir a los demás. Todos esos corazones generosos nos hablan del alma de un país hermoso, grande, noble y comprometido, cuya historia está llena de episodios en que ha sabido levantarse y reconstruir nuevamente el sueño de una patria unida y solidaria.

Más allá del desánimo, la búsqueda de responsabilidades, y las justificaciones por lo que no hemos hecho bien, el balance de esta crisis debería ser positivo y ayudarnos a no mirar tanto el pasado, manteniendo las manos, unidas ahora por la adversidad, para reconocer agradecidos que cuando somos débiles, entonces somos fuertes.

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