[Editorial] Efectos colaterales

Por: Fotografía: Fernando Villa 08:25 AM 2017-01-31

Si la simple visión de un incendio forestal resulta perturbadora, conocer los efectos menos evidentes del fuego es doblemente inquietante. 

Las autoridades todavía no son capaces de dimensionar los daños, pero saben que serán cuantiosos. No solo se trata de la lamentable pérdida de flora y fauna nativa, sino de los efectos en la vida de los pequeños agricultores, en la economía y en la salud de las personas.

Cuando arden los árboles de predios forestales, es más que CO2 (que contribuye a agravar el problema del cambio climático) lo que despiden. Los químicos utilizados en los procesos de desmanche de los árboles y los plaguicidas se transforman al contacto con el fuego en peligrosas dioxinas que suben a la atmósfera. 

Precisamente, esas sustancias estaban presentes el pasado jueves y viernes en la enorme capa de humo que cubrió a la ciudad, en la jornada de mayor contaminación de la que se tenga registro. 

En efecto, durante 30 horas, el pasado jueves y viernes, Chillán y buena parte de la provincia registraron una contaminación extrema por material particulado MP2,5, el más peligroso para la salud. De acuerdo a información proporcionada por la estación de monitoreo de calidad del aire Purén, a las 23 horas del jueves, se produjo el peak de contaminación provocada por los incendios forestales cuyo humo llegó a la ciudad debido al viento. A esa hora la estación Purén marcó 939 ug/m3. Y durante buena parte del viernes los rangos de contaminantes se movieron entre 800 y 900 ug/m3, Como referencia y para comprender la magnitud de la polución, el límite máximo por norma en Chile, promedio 24 horas, es de 50 ug/m3.     

Y si hablamos de amenaza silenciosa y efectos colaterales, no podemos olvidar que el fuego no solo destruye bosques y casas, sino imágenes mentales y en algunos casos el sentido de la vida, al punto de conducir finalmente a alguna enfermedad. De hecho, está comprobado que en la población afectada por incendios forestales, sobre todo aquella que posee una historia familiar asociada a la tierra y sus frutos, aumentan las patologías relacionadas con el estrés, como úlceras gástricas, neurosis, dispepsias, insomnio, migrañas y depresión. 

De ahí la necesidad de también realizar estudios de seguimiento que permitan vigilar la salud mental de las poblaciones afectadas y de ser necesario aplicar programas terapéuticos, sobre todo en los menores.

A diferencia de los adultos, los niños sufren el impacto tres veces: primero, el del evento, en este caso del incendio en sí mismo, que implica ver su casa en riesgo de quemarse o ya completamente quemada, y sus mascotas o animales muertos o heridos. En segundo lugar, ver a sus figuras de seguridad en shock, impactados por la pérdida y el abatimiento, lo que a su vez amenaza su mundo interno, pues “¿Quién me contiene?”. Y el tercero, la fantasía que aún no se diferencia de la realidad, y por ende es fácil habitar ese terreno con distorsiones.

Como respuesta, los niños presentan una serie de síntomas y conductas normales en un contexto anormal, como jugar al incendio, desconectarse como si nada ocurriera, o apegarse aún más a sus padres frente al temor de perderlos. 

Es por eso que se requiere no solo de adultos solidarios, sino de un Gobierno responsable de enfrentar el trauma, organizando unidades de salud mental para ellos y preparando acciones para enfrentar las secuelas de la crisis en los colegios, entre otras medidas.

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