¿Por qué leer a Aristóteles hoy?

Por: Germán Gómez Veas 2016-03-22
Germán Gómez Veas
html head title/title /head body phtml head title/title /head body phtml head title/title /head body p style="text-align: justify;"Profesor Universitario y Consultor en materias de pedagogía, gestión educacional y ética empresarial./p p style="text-align: justify;"Docente en Filosofía; MA y Ph. D (c) por la Universidad de Navarra; y MBA por la Universidad Adolfo Ibáñez. Autor del texto ¿Qué es la ética? y numerosos artículos acerca de educación y ética empresarial./p p style="text-align: justify;"Actualmente se desempeña como Profesor Universitario y Consultor en temáticas educativas y de ética empresarial./p /body /html/p /body /html/p /body /html

Para conmemorar su nacimiento, la Unesco declaró este 2016 como el año de Aristóteles. Ahora bien, ¿qué valor tiene hoy volcar la atención a este griego que vivió hace más de dos mil años?, ¿acaso su pensamiento hoy no está caduco? 

En mi opinión, el pensamiento aristotélico sigue vigente. Y para ser justos, es preciso recordar que la filosofía griega alcanza con Aristóteles su plena madurez, consiguiendo una altura especulativa que por una parte, en muchos aspectos después no ha sido superada; y por otra parte, cabe consignar que aún influye o nutre a penetrantes definiciones intelectuales. 

El estagirita, como es conocido en los círculos filosóficos,  se ocupó de las principales temáticas de la filosofía, tales como, la ética, política, metafísica, filosofía de la naturaleza, teoría del conocimiento, lógica, o la retórica. Sin ánimo de priorizar o de manifestar preferencias, sino que a propósito de las necesidades que nuestra sociedad experimenta en la actualidad, me parece que bien vale la pena volver a considerar algunos aspectos del sustancial ascendente ético que Aristóteles propuso respecto de la acción política, en cuanto a que éstos estuvieron siempre presente en lo amplio de sus trabajos intelectuales.

En gran medida, el componente distintivo de la ética aristotélica radica en su finalidad práctica, esto es, consiste en un saber para obrar, un saber que no pretende conocer lo que las personas han hecho o hacen, sino lo que deben poner en práctica. Y lo que deben hacer, tiene que guardar coherencia con lo que la ciudad, como un todo, requiere para que todos vivan bien. Y es que la finalidad de la ciudad (polis) radica en poner a sus ciudadanos en condiciones de vivir bien, de lograr la felicidad. 

Por esta razón Aristóteles entiende que el saber propio del político, la política, y su ejercicio, el gobierno, deben estar en directa relación con la conducta de los ciudadanos, más que con su actividad productiva. De esto, precisamente, trata su obra Política. 

En efecto, tal como lo ha hecho ver el reconocido académico español, Alfredo Cruz Prados, el propósito de ese gran texto es enseñar “todo lo que necesita -y es posible enseñar- el hombre político para que, después, su decisión pueda llegar ser verdaderamente prudente”. 

Y quien ejerce la actividad política, señala el propio Aristóteles en la Ética a Nicómaco, debe haber tenido una formación moral. En otras palabras, el político debe gobernar en vista de la felicidad de los ciudadanos (que nos es algo diferente de la buena conducta), y para ello, él debe tomar decisiones sustentadas en un componente ético. Esto es lo que separa el ejercicio de la verdadera actividad política respecto de la demagogia. 

Ejercer la política en consecuencia, no es, desde el prisma aristotélico, una actividad más dentro de las que las personas puedan desarrollar para ganarse la vida. Es por el contrario, una vocación que requiere de una profunda formación moral. De lo contrario no contaremos con políticos que gobiernen y conduzcan la sociedad, sino que dependeremos de demagogos que se aprovecharán de los ciudadanos y del bien común.

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