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Crisis seca y lenta

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La actividad agrícola en Ñuble enfrenta dos grandes crisis: la hídrica, que se arrastra por diez años y no parece tener un final en el corto plazo; y la del Covid-19, que ha hecho tambalear a toda la economía mundial. Ambas representan una severa amenaza, cuyas consecuencias dependen, en gran medida, de las capacidades de respuesta.

Ciertamente, la crisis sanitaria mundial ha avanzado a gran velocidad, y por eso mismo sus consecuencias económicas se han hecho sentir. En la región se han perdido cerca de 25 mil empleos en 14 meses, además que la paralización de muchos países importadores de alimentos se tradujo también en una caída parcial de la demanda y en una rápida apreciación del dólar. Adicionalmente, a nivel interno, las medidas de prevención dispuestas para frenar el avance de la pandemia en el país, también han contribuido a ralentizar la economía en su conjunto, y por supuesto la actividad agrícola y agroindustrial.

Chillán y Chillán Viejo han tenido cuatro cuarentenas generales y obligatorias, la última de más de 45 días, mientras que San Carlos ha sido dos veces confinada, igual que Quirihue, San Ignacio y Coelemu. Eso ha afectado la disponibilidad de mano de obra para la cosecha de algunas especies, así como de operarios calificados en las plantas agroindustriales. Y si bien autoridades y productores coinciden en que el agro no paró, pues el sector cumple un rol clave en el abastecimiento de alimentos para la población, hubo largos períodos de 2020 y 2021 en que funcionó a un ritmo menor.

Por otra parte, a diferencia de la crisis sanitaria, en que la reacción del Gobierno ha debido ser rápida para contener la propagación de los contagios y también para moderar el impacto económico en los segmentos vulnerables y en las Pymes, la crisis hídrica ha avanzado gradualmente durante estos diez años de sequía, brindando tiempo a las autoridades para que tomaran decisiones.

Aunque sería injusto decir que el Estado no ha tomado medidas para enfrentar la sequía, dadas las inversiones en riego que se han concretado, sí es correcto decir que no se ha construido ningún embalse, pese a que existen los recursos y la capacidad para hacerlo. Ello no sorprende, dado el tradicional abandono que ha sufrido el mundo rural, prueba de ello es que ni siquiera se ha logrado solucionar el problema del acceso a agua potable.

La falta de voluntad política que no asigna la debida prioridad a las grandes obras de riego, el entramado burocrático que puede retrasar más de diez años un proyecto, un absurdo negacionismo sobre el rol directo del Estado en el financiamiento de grandes obras de riego y el mal manejo de La Punilla, mantienen a Ñuble con una baja superficie agrícola con seguridad de riego, que no supera las 15 mil hectáreas, pudiendo llegar a 150 mil si estuvieran operando las principales obras de riego proyectadas en la región.

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