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Conversando con la muerte

Los informes diarios fueron in crescendo de a poco, gota a gota: un muerto, dos, veinte, cuarenta, cien, doscientos, quinientos, mil, dos mil, tres mil, cinco mil, siete mil, nueve mil. Sin darnos cuenta terminamos conversando con la muerte. Al comienzo fueron otros, luego alguien conocido, más tarde algún amigo de un amigo, hasta que llegó un email: a Jaime -a quien la última vez vi en el lanzamiento de mi libro, cuando nos abrazamos y reímos- se lo había llevado el COVID-19. Meses más tarde, Hugo Pizarro, antiguo profesor de la Universidad de Chile-Chillán, amigo desde esos años, a quien había visto por última vez en un zoom en julio, había fallecido en Estados Unidos, a donde viajó para conocer a su nieto. La muerte estaba detrás de la puerta. A ellos se suman mi propia madre ya anciana, cuatro primos y primas hermanas fallecidas por otras causas.

De manera imperceptible empezamos a conversar con la muerte, aun con una falsa sensación de distancia, porque con la sola excepción del funeral de mi madre, no pise durante al año un velatorio ni menos un cementerio. No vi lágrimas ni sollozos, pero la muerte estaba y está ahí, expectante, presente, más presente que nunca.

Siempre estuvo allí, invisiblizada por los temores y los oscuros espacios por donde religiones y creencias ancestrales la habían condenado a transitar. El COVID-19 la ha puesto frente a nosotros y por primera vez empezamos a conversar con ella. Y de esas conversaciones surgen distintas visiones, una de ella es la constatación de que la muerte es lo que le da sentido a la vida. Es una relación dialéctica, la una solo existe si existe la otra; es más, le da sentido, porque más allá de disquisiciones metafísicas o religiosas, el partido de la vida se juega es este mundo y no en el mas allá, suponiendo que existe.
El espacio para crear, para construir un mundo mejor, para amar y buscar la felicidad, para practicar el humanismo y la fraternidad, para bregar por nuestros ideales respetando a quienes piensan distinto, es el espacio de la vida, que se extingue cuando la muerte se instala entre nosotros. No desaparece la vida, pues esta continúa ya sea en el recuerdo de quienes nos sobreviven, como en las obras que habremos realizado durante el tránsito sobre la faz de la tierra.

De estas conversaciones con la muerte podemos concluir que cada día representa una oportunidad para soñar y construir, para relacionarnos como miembros de una sociedad común y en lo posible fraterna, donde debe primar el interés común. Es la oportunidad para contribuir a una sociedad diversa e inclusiva, para trabajar y luchar por un mundo más justo, más libre y más tolerante. Así tenemos entonces que la muerte con su sabiduría no exenta de brutalidad, acompañada del COVID-19, nos ha enseñado que los seres humanos tenemos un tiempo finito para darle sentido a nuestra existencia.

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