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Asociatividad en Itata

La gira realizada esta semana por un grupo de empresarios vitivinícolas y turísticos del Valle del Itata a Colchagua puso de manifiesto nuevamente los grandes desafíos de este rubro para poder convertirse efectivamente en uno de los ejes de desarrollo de la  Región de Ñuble.

Entre esos desafíos, además de mejorar la calidad de la oferta, de apostar por la diferenciación o de reducir la alta informalidad, destaca la necesaria asociatividad, un concepto ampliamente difundido por las autoridades, no solo en este rubro, sino que también en la agricultura, en el sector maderero o en el comercio.

En el caso de los empresarios gastronómicos, hoteleros y vitivinícolas, la meta de transformar a Itata en un destino enoturístico de excelencia, que constituya un verdadero motor de las economías locales, requiere, sin duda, de un esfuerzo colectivo a partir de una definición común que permita avanzar hacia un objetivo común, lo que supone conocerse, generar confianzas, organizarse y aprovechar el apoyo que ofrecen las distintas agencias del Estado que buscan estimular la asociatividad y el desarrollo del turismo.

En Itata hay mucho por hacer, pero salvo excepciones, poner a este valle en el mapa mundial del enoturismo no se logrará con esfuerzos individuales o aislados. El encadenamiento de los productores de vino con los establecimientos de alojamiento, con los restaurantes y con los turoperadores, por nombrar algunos rubros, resulta fundamental para construir una oferta atractiva e integral con una potente difusión y promoción, donde los distintos actores deben trabajar de manera coordinada y planificada, aportando desde sus respectivos ámbitos de acción. Desafortunadamente, el individualismo y las desconfianzas siguen siendo los principales obstáculos que se deben derribar.

En ese proceso, la conformación de entidades gremiales, como las cámaras de turismo o las asociaciones de productores de vino, es un paso necesario que en Itata, lamentablemente, sigue pendiente.

Asimismo, ese encadenamiento también debe incorporar a otros destinos, como Chillán y la cordillera de Ñuble, una tarea que si bien resulta obvia, aún no se concreta. A diferencia de otros valles vitivinícolas, Itata tiene la ventaja de estar cerca de un consolidado destino de montaña que recibe más de 250 mil visitantes anuales. En ese sentido, la complementariedad de estos destinos tiene un gran potencial de desarrollo, que permitiría diversificar la oferta para los turistas, aumentar su permanencia y romper la estacionalidad.

Por otro lado, en el sector público es imperativo que las distintas entidades conversen entre sí, de manera de generar instrumentos de apoyo que sean pertinentes y complementarios detrás de un objetivo común, evitando la duplicidad de esfuerzos, así como también es clave que exista una adecuada planificación y una continuidad de las políticas y programas.

El ejemplo de Colchagua, que ha hecho un largo recorrido en materia de asociatividad y que hoy cosecha los frutos de ese esfuerzo, debe servir de ejemplo para los emprendedores vitivinícolas y turísticos de la zona.

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