[Editorial] Reaccionar y anticipar

  • Por: LaDiscusion.cl
  • Fotografía: Mauricio Ulloa

Descontando el mega incendio del 2012 en Quillón que destruyó 30 mil hectáreas y causó la muerte de dos personas, en Ñuble, desde 2015 -cuando un siniestro arrasó parte de la Reserva Ñuble- no se habían registrado sucesos de gran magnitud en la zona, de modo que ante la actual emergencia los ojos están puestos en la respuesta de los organismos del Estado, pues permanece fresca en la memoria el cuestionamiento a la gestión que tuvieron hace 2 años, cuando minimizaron la emergencia, lo que hizo que el fuego se prolongara por varias semanas, arrasando un total de 4 mil hectáreas de alta diversidad y riqueza biológica en la cordillera de Ñuble. 

¿Fue diferente esta vez? 

La respuesta es dispar si se consideran las dos perspectivas de lo que se ha definido como el accionar de estas entidades: la reacción y la anticipación. 

En términos generales pasaron la prueba y su desempeño puede considerarse eficiente desde el punto de vista de la respuesta ante la catástrofe. Fueron competentes en la coordinación y enlaces intersectoriales que redundaron en un oportuno despliegue de recursos humanos y materiales dentro de las limitadas posibilidades que tuvieron para combatir los principales siniestros registrados simultáneamente el pasado fin de semana en Bulnes, Pemuco y El Carmen. 

Pero distinta es la evaluación cuando se analiza la capacidad de anticipación. Es importante recordar que una de las principales labores de las distintas oficinas, tanto nacionales como descentralizadas, está enfocada en la prevención, que supone reducir o evitar las amenazas, los riesgos y las vulnerabilidades de una zona determinada. 
Desde esta perspectiva, no se puede estar conforme, ya que en estos últimos años los factores de riesgo han aumentado significativamente y no han sido integrados en instrumentos de planificación que en nuestra zona también brillan por su ausencia. Estos tienen que ver con el cambio climático, el aumento de las temperaturas y la escasez de agua; también con el aumento de los monocultivos forestales que han cambiado la fisonomía y biodiversidad del territorio y por último, con la expansión urbana y su proximidad a áreas de alto riesgo, donde la “desobediencia” ciudadana y la falta de control por parte de los municipios se retroalimentan negativamente.

Los expertos coinciden en que por cada dólar que se invierte bien en prevención se podría ahorrar hasta 99 dólares en combate de incendios. Entonces ¿Por qué no se hace? ¿Por qué la Conaf no invierte la mitad de sus 40 mil millones de pesos anuales en prevención? La respuesta podría ser por el peso de su historia. Es decir, que esta agencia especializada está totalmente enfocada en apagar incendios, no en evitar que se produzcan. Y esto no es un pecado de la Conaf. Su presupuesto está muy bien gastado, pero solo cuando se trata de apagar incendios forestales.

¿Es hora de una nueva institucionalidad? 

Es muy probable que sí, pero por sobre todo, se necesita  adoptar un nuevo enfoque, a partir del concepto de gestión integral de incendios que otros países con realidades similares a la nuestra ya han aplicado con éxito y que permite articular una cadena de servicios interconectados, que van desde la conciencia, la prevención y actividades de detección temprana, hasta cartografías de riesgos y mayores recursos para la investigación y rehabilitación de daños.

Solo un enfoque sistemático y proactivo que guíe a las organizaciones de todos los niveles del Gobierno y del sector privado nos permitirán prevenir, responder, recuperar y mitigar los efectos del fuego forestal, sin importar su tamaño, ubicación o complejidad.