Una nueva visión

Sabemos que el planeta se está calentando. Y lo sabemos gracias a mediciones realizadas en la superficie terrestre y a través de satélites que miden la temperatura. También, por otros indicadores: glaciares, hielos marinos y capas de hielo se encuentran en retroceso, y los niveles del mar están subiendo. La primera década del 2000 fue más caliente que la de 1990 y ésta, a su vez, tuvo un mayor calentamiento respecto de 1980 y más aún comparado con los 70. 

En Chile, el océano Pacífico tiene un efecto moderador del impacto que a nivel global causa el alza de temperatura, pero nuevos estudios revelan que aun así el país registrará cambios significativos en el clima. En las ciudades del litoral, la percepción del cambio será mucho menor, ya que la cercanía del océano mitiga el impacto, porque la nubosidad y brisa marina que ingresan al continente mantienen los niveles de humedad, a lo que se suma el efecto de fenómenos como La Niña, que enfrían la superficie del mar disminuyendo las temperaturas. Por eso se estima un aumento promedio de 1,5 grados para la costa, cifra que irá creciendo a medida que se avanza hacia el interior. En las Termas de Chillán, por ejemplo, el alza en dos décadas podría llegar a superar los tres grados centígrados. 

Una investigación reciente desarrollada por el Ministerio del Medio Ambiente analizó los escenarios climáticos hacia 2030 y 2050 y su principal conclusión es que Ñuble no solo será un territorio más cálido, menos lluvioso, más propenso a tormentas y con días más nublados, sino que muchos paisajes se modificarán debido a la menor disponibilidad de agua y el avance de las zonas áridas. 

Los posibles efectos incluyen el traslado de los cultivos tradicionales de la zona central. Es decir, para la futura región no solo se presentan amenazas, sino también oportunidades. La mayoría de los expertos coincide en que es muy probable que todo lo que se produce hoy hasta Talca llegue a tener mejores condiciones para ser cultivado en el Bío Bío y La Araucanía. 

Igualmente, nadie discute que con la disminución de lluvias se presentará un déficit en la disponibilidad de agua, que debe ser contrarrestado mediante la construcción de embalses. En el caso de Ñuble, obras como La Punilla, La Esperanza y Lonquén no solo surtirán de agua a los agricultores en los meses secos, sino que también ayudarán a conservar saludables las cuencas de los ríos y atenuarán la desaparición de bosques y de los ecosistemas que los sostienen. 

En definitiva, este cuadro nos revela una interesante posibilidad para la expansión de nuestra agricultura y agroindustria, lo mismo que para el posicionamiento de esta zona como proveedora confiable de alimentos de calidad. 

Pero esa visión solo se concretará mediante la integración de la industria, los productores, las universidades, los investigadores y el gobierno, en una visión común. 

Hoy ya existe un creciente mercado para productos saludables, obtenidos mediante prácticas que privilegian el comercio justo, la sustentabilidad ambiental y la calidad e inocuidad, pero para aprovechar esa oportunidad se requiere ampliar la oferta exportable, satisfaciendo las preferencias y los requerimientos de acceso de los mercados globales.

Y ello sólo será posible con un sistema agroalimentario flexible, eficiente, competitivo y rentable, donde el uso del conocimiento, la investigación, la innovación y la tecnología se direccionen a proyectos comercialmente viables. 

El tiempo de los análisis ya pasó. Hoy se necesita comenzar a concretar la visión antes descrita. La futura Región de Ñuble la reclama.