Recursos naturales

Existe total coincidencia en que preservar el medio ambiente es una tarea de todos en las sociedades modernas. Los ñublensinos sabemos también que nuestra provincia ha sido especialmente bendecida en sus características geográficas y ambientales con una diversidad pocas veces vista en nuestro país. Con mayor razón, entonces, esta riqueza biológica -presente en la cordillera, el valle central y el litoral- debe ser cuidada y puesta en valor. 

Es por ello también que debe preocupar la situación en que se encuentran las cinco zonas prioritarias de conservación de esta provincia: las Termas de Chillán, las reservas de huemules de Niblinto y Ñuble y La Lobería de Cobquecura. 

En todas ellas se advierte que el desarrollo de actividades económicas constituye una potencial amenaza, en la medida que no exista una visión que combine la conservación de esos ecosistemas con los emprendimientos que allí se proyectan o que incluso ya son realidad. Muchos consideran que ese tipo de impactos ambientales están siendo manejados de una u otra manera, y por lo tanto el temor y la crítica son injustificados. 

Tampoco faltan quienes agregan que esta problemática ambiental es el resultado de la bonanza económica que se vive en la zona y una necesidad imperiosa para salir del subdesarrollo en que se encuentran. Son, a fin de cuentas, los “dolores del crecimiento” que la economía nos llama a aceptar.

Pero más allá de explicaciones, justificaciones o disculpas, lo cierto es que al observar la situación de la provincia, se repite el deterioro y se constata un paulatino aumento de la brecha que separa la protección, remediación y restauración ambiental, de los impactos y la pérdida de biodiversidad que supone la mayoría de las estrategias de apropiación de recursos naturales que hemos conocido y que requieren insumos en energía y servicios básicos, redes de transporte, y manejos territoriales, que a su vez tienen agudos impactos ambientales. 

Por ejemplo, las Termas de Chillán, incluida dentro del amplio corredor biológico Nevados de Chillán-Laguna del Laja, será en el futuro un territorio plagado de edificaciones. De hecho, actualmente hay inversiones confirmadas, algunas incluso en ejecución, por 50 millones de dólares. 

Pero no solo la presión del turismo amenaza a esta zona. La construcción de centrales de energía que utilizan aguas de los ríos también son parte del inventario de iniciativas que podrían impactar negativamente sobre un área que en 2011 fue declarada Reserva Mundial de la Biósfera, categoría que -en rigor y hasta la fecha- no ha servido de mucho. 

Ñuble cuenta con una diversidad biológica sorprendente, pero la magnitud de su superficie y la variedad de ambientes e idiosincrasias obligan a que las acciones conservacionistas creen capacidades en el ámbito local si desean ser sostenibles. 

En efecto, nos encontramos inmersos en condiciones donde se mezclan la necesidad de diversificar y agregar valor a nuestra matriz productiva, capacidades estatales rezagadas respecto del deterioro ambiental y una creciente resistencia social a la depredación de la naturaleza. 

Se trata, en consecuencia, de un escenario inédito y complejo, pero también de una oportunidad única para instalar un nuevo paradigma en el uso del territorio de la futura Región de Ñuble, que armonice los valores de la conservación y las necesidades del desarrollo de un modo inteligente y verde.