[Editorial] Un compromiso moral

En todo Chile se desarrolla hoy un nuevo proceso electoral para elegir a los alcaldes y concejales de las 345 comunas que existen en el país. Además de la importancia natural que tienen los comicios municipales, al ser la instancia mediante la cual los ciudadanos optan democráticamente por las autoridades que administrarán los gobiernos locales durante el próximo período de cuatro años, en esta ocasión el acto cívico estará marcado por la gran duda sobre la participación que normalmente debería acompañar a este proceso. 

Tal incertidumbre se justifica en el desinterés de buena parte de la ciudadanía, fruto del hastío ante actitudes corporativas de una clase política que, salvo contadas excepciones, no parece preocuparse por abrir posibilidades de participación ni por terminar con viejos vicios como los que se han visto en el último tramo de la campaña electoral en la provincia, representativos de una cultura basada en el clientelismo y en vergonzosos intentos por manipular a los sectores más necesitados de la sociedad. 

Frente al escepticismo, una vez más hay que recordar que nada cambiará si los ciudadanos asumen un papel pasivo y dan un paso al costado ante el acto electoral. No habrá cambio sin participación política. Ni habrá nueva política local sin renovación de sus dirigentes. Y nada de esto se producirá sin el necesario compromiso cívico de los ciudadanos a votar hoy. 

La gran pregunta entonces es por quién. Desde estas mismas páginas, hemos alentado un argumento elemental, que es informarse sobre los candidatos y sus propuestas. En efecto, los problemas que enfrentan cada una de las 21 comunas de la provincia son diversos y complejos; de hecho sería imposible tener una receta única, sin embargo lo que sí está claro es que solo serán superados al cabo de un ejercicio sistemático de estudio y discusión. 

Lamentablemente, la indigencia de ideas, la predilección por el corto plazo y promesas que suenan a la perfección en el discurso, pero que rara vez se cumplen, son prácticas demasiado comunes y explican la decepción que antecede a la paulatina baja en la intención de votos de los últimos cuatro comicios municipales. 

En los gobiernos comunales está la esencia más cercana y viva del verdadero espíritu democrático, está el cara a cara, el ente facilitador, el organismo que se vincula a diario con los vecinos, está el alma del sentir ciudadano. Por lo tanto no da lo mismo por quién votar. 

En concreto, ir a votar, para el barrio, comuna y ciudad donde vivimos, implica mucho. Las políticas urbanas se ejecutan en el territorio local; los alcaldes impulsan proyectos que afectan directamente la calidad de vida, los concejales aprueban, desaprueban o modifican el plan de desarrollo, el plan regulador y el presupuesto municipal que, entre otros, involucra el desarrollo de cada barrio.

En síntesis, la respuesta es votar por aquel candidato que no solo genere simpatía por su personalidad, filiación partidaria o ideológica, sino también porque posee una oferta programática capaz de solucionar los problemas que la ciudadanía percibe como prioritarios y además, porque es capaz -tanto él como el equipo que lo acompaña- de garantizar una gestión de los asuntos públicos de la comuna de manera eficiente, rigurosa y, sobre todo, sujeta a principios éticos ciertos y reconocibles.