Abstenerse no sirve de nada

Estas elecciones municipales no son muy distintas a otras, pues se repiten muchas caras, hay demasiada forma y poco fondo y la pobreza del discurso de buena parte de los candidatos a alcaldes y concejales es la misma que en 2012 y que todos los comicios que se vienen realizando desde 1992. Quizá si lo único que cambió fue el explosivo aumento de candidatos (casi 700 en Ñuble), la reducción de propaganda en la vía pública y el uso de las redes sociales, aunque la mayoría de las veces de modo poco eficiente. 

De hecho, la escasa renovación se puede graficar con un simple dato: en diez comunas de la provincia competirán los mismos candidatos a alcalde que en 2012, lo que equivale al 47,6% del total del territorio.

Sin ir más lejos, los ciudadanos chillanejos se ven enfrentados a elegir entre su actual alcalde, que va por una segunda reelección y un ex alcalde que estuvo 15 años al frente de la comuna. Aunque también tienen la posibilidad de optar por candidatos con menos trayectoria política, en este caso dos que provienen de movimientos y organizaciones sociales. 

Mientras tanto, el votante siempre ve primero su realidad, esa que habla de cuánto le cuesta vivir, educar a sus hijos, ir de un lugar a otro sin sufrir tacos similares a los de una gran ciudad, caminar por su barrio más o menos seguro, recibir una atención de salud oportuna y de calidad y sentirse comprendido e incluido socialmente por sus autoridades locales en la gestión correcta o equivocada que sean capaces de desarrollar. 

Pero también están las convicciones de cada uno y aunque cada vez hay menos militantes y la falta de seriedad y coherencia ideológica de muchos que van de un partido a otro a veces diametralmente opuesto han destruido la antigua mística partidaria, todavía quedan fidelidades que en un sector de votantes han echado raíces profundas.

Otros, en tanto, no se sienten atados a historias remotas, sin embargo, en forma superficial se quedan con lo próximo y las simpatías o antipatías llamadas generalmente “cuestiones de piel”, sostenidas por conceptos un tanto frívolos de carisma, comunicación, tonos de voz o aspectos físicos. 

En síntesis, tenemos electores militantes por un lado, superficiales por otro y en medio de esos extremos una gran cantidad de matices que van desde la conveniencia absolutamente individualista, a la estupidez de juzgar al candidato o candidata por su condición social y su aspecto físico.

Es duro reconocerlo, pero la razón por la cual la oferta electoral es pobre, es la apatía e ignorancia de los electores. De hecho, es sabido que en las democracias modernas a las elites gobernantes les es mucho más conveniente mantener a las grandes masas ignorantes, pero entretenidas, de tal manera que no cuestionen y no critiquen, para que sean los mismos de siempre los que se distribuyan las cuotas de poder. 

Lo anterior explica por qué muchos candidatos se conforman con propaganda básica, no presentan programas de gobierno y copan su agenda con visitas a ferias, regalos de camisetas a clubes deportivos, comidas y show populares. 

¿Por qué mejorar la calidad de los políticos si la gente no lo exige? Visto de esa forma, la mediocridad gana. Sin embargo, aún hay esperanza en mejorar las cosas, ejerciendo el derecho a votar, pues solo una alta participación ciudadana es garantía de competencia, y la competencia, como todos saben, siempre termina mejorando la oferta. 

Abstenerse de votar equivale a decir “no me importa”; abstenerse es renunciar al derecho a decir “no me gusta”. Es, en definitiva, dar el apoyo a los menos idóneos.