La difícil apuesta de los extranjeros dedicados al comercio ambulante

Con la frase “a la gente no le molestamos, a los comerciantes, sí”, la empresaria ecuatoriana Luzmila Arias pareciera cristalizar el sentir de todos los comerciantes ambulantes extranjeros que trabajan en Chillán.

La reacción surge a raíz de las declaraciones del alcalde Sergio Zarzar y de funcionarios de la PDI apuntando a su presencia como causa de la proliferación ilegal de este rubro siempre cuestionado y que tras diferentes gobiernos comunales, no se ha encontrado solución.

La historia de Luzmila pareciera darle autoridad para opinar sobre el tema con amplitud. Si bien hoy es dueña de un local establecido en calle Maipón y de otro en la Plaza Sargento Aldea, en donde se venden tejidos, telas y paquetería artesanal, llegó a Chile hace 18 años para comenzar a trabajar como nana en Santiago por dos años, luego, cansada de los malos tratos de sus patrones, se lanzó a la calle a vender sus tejidos en las ferias de esa ciudad.

Más tarde, no le fue fácil conseguir permiso municipal en Chillán, ni fácil juntar el dinero para arrendar un local en los tres meses que le dieron de permiso tras seis años de ruegos.

Pero lo logró. “Los extranjeros que vienen a Chile lo hacen porque en sus países la cosa está mal y si llegan a Chillán es porque es una ciudad tranquila, cómoda y donde la mayoría de la gente es amable”, explica.

Para Luzmila, “el problema no son los extranjeros. A mí me dieron tres meses de permiso y con esfuerzo pude arrendar un local establecido, pero desde que llegué que veo a los mismos comerciantes ambulantes de siempre, ellos son los que no han sabido progresar o bien no han querido hacerlo, para no tener que pagar arriendos y seguir con esos permisos de siempre”.

Fuera ya de las calles, dice estar convencida que “el centro debe estar limpio, ordenado, sin ambulantes y estoy segura que si los ponen a todos en un solo lugar, como por ejemplo, en ese espacio de la feria que se ha hablado tanto, van a estar muy bien, al que se esfuerce le va a ir bien. Pero mientras haya uno solo parado en el centro, el resto querrá hacer lo mismo”, explica esta oriunda de Otavalo, para quien la consigna es “ordenar sin discriminar”, representando a decenas de inmigrantes para quienes el llanto, la incertidumbre y el rigor son parte obligado del equipaje.

“Arranqué de la guerrilla”
“En esto, en lo que hago, soy el segundo mejor vendedor del mundo, después de Og Mandino”, asegura Larson Valentino Winston, un colombiano de 43 años, radicado en Chillán hace cerca de un año y medio.

Alto, de piel oscura y el pelo como el del “Pibe” Valderrama, pero negro, no pasa inadvertido cuando trata de vender pistas de autos armables que asegura que “solo yo los vendo”, en la esquina de El Roble con Isabel Riquelme.

Una y otra vez repite que su pista se arma de varias maneras y que el autito viene con pilas de regalo, por $4.500.

Algunos lo dejan hablando solo sin que termine el discurso, otros hasta reclaman por el precio, pero cada cinco o seis minutos vendía uno.

“Yo soy excelente en esto, mi actitud es ganadora, por eso me hago entre $700 y $800 mil al mes y con eso mantengo a mi familia. Me casé con una chilena y vivo con mis tres hijos en Santa Blanca, al lado de la PDI”, comenta este caribeño quien hace más de 12 años debió salir del país arrancando -según cuenta- de la guerilla del cartel colombiano.

“Mis padres tenían una finca como de 100 hectáreas, había plantación de plátanos y todas esas cosas. Tenía ríos y muchas ventajas, por eso los de la guerrilla la querían a toda costa y eso casi le cuesta la vida a mi familia. Tuvimos que irnos de Colombia, por eso en este momento soy refugiado político, lo que me da permiso para trabajar en cualquier parte de Chile”, destaca.

Pasó por Perú, Bolivia, Uruguay y Argentina antes de incursionar por Chile. “Y donde estuve me fue bien siempre, la gente me ha tratado bien, aunque claro, en todas partes hay imbéciles. Tal vez lo único que puedo criticar de los chillanejos es que son muy clasistas, el que tiene mejores zapatos o un carro más grande toma actitudes engreídas”, dice.

Respecto al comercio ambulante local, Winston cree que si hay desorden es porque los ambulantes que se  han mantenido por años con permisos precarios le han ganado el gallito a las autoridades. “Siempre se puede hacer más, llegar a más, pero es injusto culpar al extranjero por los problemas que causa en la ciudad el comercio ambulante”, zanja.

Hasta de a cinco en una pieza
Pero la actitud del colombiano Larson contrasta con la realidad de los inconfundibles otavaleños.

Vestidos a la tradición de esa conservadora y religiosa ciudad ecuatoriana, han confundido a muchos chillanejos, quienes al verlos a todos “iguales”, debido a sus cabellos, baja estatura y atuendos casi estandarizados, de seguro no han reparado en que no siempre son las mismas personas quienes venden estas artesanías y tejidos en Chillán.

Pero la verdad es que cada tiempo llegan algunos y se van varios, porque para ellos no ha sido tan fácil establecerse.

Uno de ellos es Edison Córdova, de solo 19 años. Dice que llegó a Chillán hace un año porque un tío, quien a la vez llegó a través de otro otavaleño, lo invitó a trabajar en Chillán.

“Allá en mi ciudad vivía con mi mamá y mis ocho hermanos. El presupuesto familiar es como de $150 mil al mes. Para venirme a Chile pedí un crédito de $600 mil, compré mercadería y empecé a vender, pero a la semana me quería ir, echaba de menos, además, acá el clima es muy frío o muy caluroso y no es fácil hacer amigos. Pero necesitaba la plata, yo me hago como $300 mil al mes y más de la mitad se la envío a mi mamá”.

Vive con su hermana en una pieza en la población Lafuente y aunque siempre camina cerca de 15 cuadras, paso nivel incluído, para llegar al centro, asegura que “todavía no me asaltan, aunque una vez me robaron el celular. En Chile hay más plata que en Ecuador, pero también hay más delincuencia”, asegura.

Su compatriota, María Loza, de 23 años, también confiesa que a la semana de haber llegado “lloraba mucho, me quería ir, pero necesitaba el dinero”. Ella trabaja con sus cuatro hermanos y todos arriendan una pieza en una casa ubicada en 5 de Abril.

Para María, “sería muy injusto culpar a los extranjeros del desorden del comercio ambulante, hemos tratado de pedir permisos, pero no siempre nos dan y queremos pagar los impuestos, hacer todo lo que nos pidan y cumplir con las leyes, queremos trabajar para enviar dinero a nuestras familias, no para abusar del sistema”, comenta, mientras se refugia por unos minutos, bajo una galería, del frío chillanejo.

¿Delincuencia? “No hemos tenido casi ningún extranjero en la cárcel estos últimos años”, acredita el comandante Pedro Sanhueza, jefe de la cárcel  local.

La PDI ya trabaja en un catastro para saber cuántos extranjeros hay en el comercio ambulante

En medio de acusaciones que hablan de comerciantes ambulantes que circulan en costosas camionetas y de empresarios que les entregan mercadería para que la vendan en base a comisiones, surgieron declaraciones como las del propio alcalde Sergio Zarzar, diciendo que “en el centro de la ciudad el comercio ambulante ha crecido porque han llegado extranjeros que no están autorizados a vender ahí. Llámese peruanos, colombianos, ecuatorianos o la nacionalidad que tengan”.

O las del inspector del Departamento de Extranjería, Jorge de la Hoz: “como Departamento de Extranjería los fiscalizamos y los encontramos vendiendo con esa visa de turista, son denunciados a la Gobernación y se les aplica una multa”.
La PDI, de hecho, ya está trabajando para cuantificarlos en la ciudad y detectar quiénes están con permisos de residencia y quiénes no.

No todos tienen permisos para trabajar, algunos cuentan solo con visa de turistas y pese a sus intentos, no les resulta fácil revertir esta situación que, claro, es ilegal e irrespaldable, lo que claramente aumenta el conflicto que causa el resto del comercio ambulante que opera fuera de marcos legales que se ha tomado la calle. “El comercio en la vereda es real, también está en la Plaza Sargento Aldea y en el Mercado”, ha dicho el presidente de la Cámara de Comercio, Alejandro Lama.

Salir de la calle y triunfar
Volviendo al caso de la ecuatoriana Luzmila Arias, quien tiene dos locales en Chillán tras haber arrancado vendiendo en la calle, la empresaria insiste en que “ordenar el comercio ambulante no pasa por sacar a los extranjeros, sino por controlar a las personas que llevan años haciendo mal uso de sus permisos”.

Luzmila recuerda que “este negocio da dinero suficiente como para que en poco tiempo se pueda uno establecer. Yo pago arriendo, impuestos y todo eso, y lo he logrado sola”.

Luzmila cuenta que tras casi seis años de pedir permisos, el alcalde Zarzar le otorgó uno por solo tres meses y “como yo no quería seguir ambulante, no quería trabajar en la calle, me esforcé como nunca esos tres meses y gané cerca de diez millones de pesos. Con eso arrendé el local y aunque el primer año fue muy difícil logré salir adelante”.

Y en medio de las quejas por quienes arriendan locales a los dueños de casinos populares, la emprendedora dice que “ahora ya estoy pensando en arrendar un local más grande porque he crecido mucho”.