Los sufridos huéspedes que acogen las calles del centro de Chillán

Poca gente es la que transita por los pasillos de la Plaza Sargento Aldea pasada las 19.00 horas.

Teniendo claro que resulta infructuoso seguir ofreciendo sus productos al escuálido número de personas que solo quiere llegar a sus casas luego de una extensa jornada de trabajo o a sus hoteles si se trata de eventuales turistas que pasearon todo el día por las calles de Chillán, la mayoría de los locatarios del lugar opta por guardar su mercadería y bajar sus cortinas metálicas.

Es en ese preciso momento en que el tradicional centro de abastos de la capital provincial y uno de los principales íconos turísticos de la comuna, se transforma en una de las habitaciones al aire libre más grande de la ciudad.

Provistos de cartones que son usados como improvisados colchones, deshilachentas frazadas y a menudo con un fiel perro que los persigue a todas partes, al menos una docena de personas en situación de calle llega a diario hasta la Plaza Sargento Aldea en busca de aquel refugio que les permita sobrevivir al menos un día más en su eterna lucha contra la indiferencia social, que a veces se rompe con actos caritativos de algunos pocos.

El sábado de la semana pasada Fernando Luna Lagos hizo noticia luego de que rescatara de la calle a un adulto mayor que vivía debajo de un puente a la salida norte de Chillán, lo que en rigor significó darle una nueva oportunidad de vida al anciano que, según comentó al joven altruista, afirma querer cambiar el destino de su vida.

Si bien Daniel Altamirano tuvo la suerte de recibir la ayuda oportuna y también se mostró abierto a aceptarla, no ocurrió lo mismo con José Parra Núñez.

Los eventuales inquilinos nocturnos de la Plaza Sargento Aldea tienen fresco el recuerdo de su muerte, producto de una fuerte neumonía y por la poca disposición de ser ayudado a raíz de su problema con el alcohol, según explica Estela Rodríguez, voluntaria de la Agrupación “Apoyo y Esperanza” que en más de una oportunidad llevó a un albergue al hombre, de aproximadamente 48 años. El problema es que siempre regresaba a la calle.

“Yo tomaba con él y me acuerdo que la noche antes de que muriera tosía mucho y le pregunté si se sentía mal, pero me contestó que no y me dijo que iba a estar bien; pero la verdad es que estaba en malas condiciones y no quería ser ayudado”, comenta Martín Plaza, de 55 años, quien duerme fuera de uno de los puestos del lado que conecta con el cruce de Arturo Prat e Isabel Riquelme.

Admite haber empezado a beber hace casi cuatro décadas y a pesar de que su cuadro alcohólico lo tiene apartado de su familia hace casi seis meses, se esfuerza en repetir de que ya está cansado de tomar y que dejará la bebida para cambiar  su vida.

Pese a que la ingesta excesiva de alcohol por ratos le pone trabas a la velocidad con la que conversa, su lucidez y conciencia crítica le hacen reflexionar sobre lo que ocurre en Chillán con la gente en situación de calle.

“Todas las noches recorro la ciudad y sin ponerle color calculo que dentro de las cuatro avenidas no somos menos de 100  los que vivimos en la calle. Hay gente que de vez en cuando viene a hablar con nosotros, a algunos se los llevan a albergues, pero la ayuda no va más allá y todos terminan en las calles igualmente”, opina Martín Plaza, y defiende su postura al aclarar que son más de 10 los que duermen en la Plazoleta Sargento Aldea, al menos cinco en el estacionamiento del supermercados de la esquina de las calles 5 de Abril y Arturo Prat, tres en la calle Maipón (entre 5 de Abril e Isabel Riquelme),  cinco bajo el puente de 5 de Abril y números parecidos en las plazas de la comuna.

Lo que trajo la marea
“Yo soy chilote y llegué a Chillán por la marea roja. No se podía estar allá, por eso me voy a quedar acá”, comenta José Abarzúa, mientras recoge sus cartones y dobla la frazada con la que se cubrió de la fría noche.

A sus 68 años, el hombre de la tercera edad da claros indicios de que el alcohol está golpeando duramente su conciencia, ya que por ratos sus recuerdos inventados lo ubican también como originario de Chillán, como arquitecto que proyectó la construcción de las casas alrededor del estadio Nelson Oyarzún y hasta antigua pareja de una mujer de reconocido apellido de la comuna.

“Tengo una hija que a veces viene a verme y me lleva a Colombia, porque ella vive allá. Yo me aburro y tengo que arrancarme para regresar a Chillán”, es su versión.

Dentro de su percepción de la vida, asegura que nunca le podrá pasar lo del fallecido José Parra y advierte que la rutina que lleva, más que agotarlo, lo fortalece. “Estoy bien, no sufro de nada y la única vez que pisé  un hospital fue cuando tuve el accidente de tren; no puedo estar más sano y no me gusta ir a los albergues, prefiero estar en la calle”, lanza.