Memoria y justicia

Las polémicas declaraciones del historiador Mauricio Rojas sobre el Museo de la Memoria y todo lo que ello ha acarreado, incluida su renuncia como ministro de Culturas, Artes y Patrimonio, ha puesto en evidencia que existen dos memorias que se confrontan cuando precisamente se busca darle una perspectiva histórica a los hechos acaecidos en ese oscuro período de la vida nacional, entre 1970 y 1989. 

Una se aproxima desde el contexto y concluye que en el período de la Unidad Popular las razones del golpe, en la violencia de Estado y en la dictadura de Pinochet todos habríamos sido responsables de la “violencia” que nos llevó a una situación de desquiciamiento colectivo. 

La otra memoria, por su parte, ve las violaciones a los derechos humanos como el hecho fundamental de nuestro pasado. No porque los contextos no sean importantes y no se requiera examinarlos, sino porque en el caso de las violaciones a los derechos humanos se considera que se produce una ruptura moral radical entre los hechos y el contexto que obliga a una condena absoluta de los hechos, tornando superflua una explicación contextual. 

Desde esta perspectiva, la integridad de la memoria se ve fracturada si los reclamos de justicia que quedan pendientes aún no son resueltos. En Ñuble, por ejemplo, de los 71 detenidos desaparecidos, no más de 15 casos se han transformado en causas abiertas, cifra que sitúa a la justicia local como la más ineficiente en dictación de sentencias, en relación al número de víctimas en todo el país. 

De hecho, muchas de las causas están sobreseídas y en apenas cinco existen condenas, pero con penas que no superan los cinco años, debido a que fueron beneficiadas con la prescripción, figura conocida como “Doctrina Dolmestch” que se traduce en una drástica reducción de las penas. 

¿Cuál de las dos memorias prevalecerá? No se sabe. Solo sabemos que las memorias evolucionan, siempre hay varias en disputa, y que nada está asegurado de antemano en términos de lo que llaman memorias hegemónicas y subalternas. 

Hay memorias que alguna vez fueron dominantes y hoy aparecen residuales y viceversa. Mirar hacia el pasado exclusivamente desde la óptica oportunista de un relato distorsionado, solo conduce a nuevos desencuentros y al aumento de los odios, rencores y divisiones que debiéramos aprender a superar. 

Sin embargo, el reconocimiento de toda la verdad es condición para el perdón y la reconciliación, que más allá de los discursos y buenos deseos sigue siendo una deuda de nuestra democracia, precisamente porque, al igual que la justicia, exigía asumir la verdad y esto nunca lo entendieron sectores de derecha y también del centro y la izquierda, que optaron por una estrategia reactiva: negar, o llamar a olvidar el tema. Apostar por la reconciliación mediante el olvido. 

La memoria, como registro de un doloroso pasado y camino hacia la esperada reconciliación nacional debe cultivarse de forma integral y veraz. La verdad es condición de justicia y reconciliación. La verdad y la justicia, por otro lado, por sí solas no producen reconciliación, de la misma manera que la reconciliación no produce verdad ni justicia. 

La forma en que se “armonizaron” estos valores determinó en gran medida nuestra imperfecta transición y, por lo tanto, son de aquellas definiciones que permiten explicarnos el tipo de país que somos hoy, y probablemente el tipo de memoria que prevalecerá en el futuro.