¿Para quién trabajo?

Renato Segura


Hace 10 años que el sistema económico ha comenzado a dar luces de mutación. En Chile, recién estamos tomando conciencia de las implicancias de este nuevo orden mundial. 

El principio básico de la economía, es la escasez. Los recursos son limitados para enfrentar necesidades múltiples. Paul Samuelson (1915 – 2009), economista estadounidense de la escuela neokeynesiana, lo explicaba con la disyuntiva de producir panes o cañones. Las personas, actuando de manera racional, eligen la mejor alternativa de producción de bienes para satisfacer sus necesidades, de acuerdo a los recursos disponibles (escasez). Este principio rigió en gran parte de las Escuelas de Economía del siglo XX, cuyos estudiantes serían los responsables de diseñar la el modelo que daría paso al vertiginoso desarrollo de la humanidad. El antagonismo político (marxismo versus capitalismo) e institucional (orden versus anarquía), contribuyeron a establecer una estructura social cuyas reglas asumían la escasez de recursos como un dogma.

La crisis económica de 2008, denominada como “la gran recesión”, reveló al mundo que la base de construcción de la teoría económica no era tan sólida como se pensaba. Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos entre 1987 y 2006, frente al desconcierto que la crisis había generado en los congresistas de Estados Unidos, afirmaba: “Estoy en estado de shock, no me lo puedo creer”. Luego reconoció que su visión del mundo, su ideología, estaban equivocadas, que no funcionaban.

Lo que vino después, es historia conocida: las movilizaciones ciudadanas en los países desarrollados; la salida del Reino Unido de la Unión Europea; el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos; la guerra comercial entre China y Estados Unidos; el creciente rechazo de los ciudadanos del mundo desarrollado al ingreso de extranjeros; es decir, se comienza a levantar un muro proteccionista cuya demanda de construcción emerge de la propia ciudadanía.

En este ambiente, las bases del sistema económico actual está en un cuestionamiento transversal. El discurso que los bienes son escasos y las necesidades múltiples, ha dejado de ser creíble. La humanidad se ha dado cuenta que, al final del día, los recursos no son tan escasos como se quiere hacer creer. Lo que sí existe, es una ambición sin límite de unos pocos por acumular  riqueza a costa de la escasez aparente.

Quienes se han beneficiado con esta pseudarealidad, encontraron un terreno fértil en el temor de la población frente al agotamiento de los recursos naturales.

Los precios han sido utilizados como el sistema de drenaje. Esta variable es utilizada por las grandes corporaciones para especular con el precio de los bienes en el mercado (i.e. la industria farmacéutica). El alto valor de los nuevos productos, se sustenta en los primores del desarrollo tecnológico.

Marx se equivocó rotundamente al culpar al capitalismo como el causante de la desigualdad y la injusticia social. El germen de la desigualdad radica en el uso de la inteligencia humana para beneficio propio. En esta carrera, que es eminentemente meritocrática, solo unos pocos alcanzan el lugar de excepción. El resto, no tiene idea para quien trabaja.