Felicidad

El término “felicidad” se emplea habitualmente para expresar un sentimiento de complacencia por un bien que se ha logrado alcanzar o en relación con las aspiraciones que determinan nuestra conducta en la vida o con los móviles que impulsan habitualmente nuestros comportamientos. Otras veces, la misma palabra (“felicidad”) se utiliza para expresar un sentimiento de nostalgia por los bienes perdidos o la decepción a que fuimos arrastrados después de haber alcanzado una meta que nos pareció en un momento dado altamente deseable y que posteriormente se nos reveló como una ilusión engañosa. 

La filosofía clásica de los griegos -sobre todo a través del pensamiento de Aristóteles- dejó planteado el problema de la felicidad como el fin hacia el cual tienden, naturalmente, todas las conductas humanas. Economistas y pensadores han aportado sus enfoques, cargados de estadísticas, casuística y sesudos análisis que, en la práctica, muchas veces, se dan de bruces contra una realidad que golpea en el corazón y en el estómago a muchos ciudadanos.

Cuando los resultados del reciente estudio conjunto realizado por UDP y TNS Gallup sobre la felicidad indicaron que el dinero no aparece entre las diez primeras palabras que se asocian con este sentimiento y sí lo hacen, por ejemplo, la familia o el trabajo, uno puede imaginar que se partió de un presupuesto para el universo encuestado: que reciben una alimentación cuando menos satisfactoria.

Pero si el sondeo se realizara entre quienes son víctimas de situaciones de exclusión, como tantos y tantos compatriotas en nuestro extenso territorio, las respuestas serían probablemente distintas. Resulta difícil pensar exclusivamente en términos de bienestar o felicidad cuando las necesidades básicas de miles de conciudadanos están vergonzosamente insatisfechas.

¿Qué queda para los más desprotegidos del sistema? Apenas un régimen de subsidios basado en un nefasto clientelismo que ha logrado minar la cultura del esfuerzo y el trabajo. Subsidios que también peligran cuando las arcas fiscales se achican y amenazan con dejar sin red a muchos. 

Afortunadamente, alcanzar algún grado de bienestar en este escenario es aún posible. Un reporte de Gallup de fines de 2017 muestra que la adinerada población de Singapur es la más infeliz del mundo, más que la de Irak, Haití, Afganistán y Siria, aun cuando disfrutan de uno de los mayores PBI del mundo. Como contrapartida, ocho de los 10 países más felices se encuentran en América latina. La medición alcanzó un promedio de 10.000 habitantes en 148 países. Se evaluaron sus emociones positivas del día anterior: si habían descansado bien, si habían sido tratados con respeto, si sonrieron mucho, si sintieron dolor físico, estrés, preocupación y si habían hecho o aprendido algo interesante.

Cada cierto tiempo no está de más volver la mirada hacia el interior de cada uno. Desde esta columna habitualmente ocupadas en analizar la realidad de Chillán y Ñuble, proponemos esta vez hacer una pausa para rescatar y potenciar todo aquello que nos genera bienestar. Es un buen método para encarar la enorme tarea que todos, gobernantes y gobernados, tenemos por delante: dejar de lado una moral de pobres y sufrientes para dejar crecer una moral de deseos y realizaciones.