Política y redes sociales

La expansión que los medios de comunicación han tenido en las últimas décadas viene registrando un fuerte impacto sobre la política. Convertidos en una especie de nueva ágora, son el lugar al que los ciudadanos acuden para conectarse con la esfera pública. Así, la relación entre representantes y representados encuentra también formas y canales hace una década desconocidos para potenciarse. 

Sin embargo, esas oportunidades conviven con algunas desviaciones. La más evidente es la propensión creciente a convertir la comunicación en mero espectáculo y a sus actores en productores de mensajes cuyos contenidos apelan solo a aspectos superficiales.

Quizás así se pueda entender con mayor facilidad el uso que los políticos locales, con algunas excepciones, realizan de las redes sociales, convertidas en un instrumento más al servicio del marketing del emisor del mensaje, que dé la interacción con sus receptores. Allí abunda la oratoria anclada en el pasado, que desconfía del contacto con el ciudadano, que aborrece la crítica y prefiere el aplauso constante del entorno.

La clave de la comunicación política a través de redes sociales está en los receptores, no en quién la origina. El político ya no es -o no debería ser- el centro de atención. Para ello están las reuniones de partido o los encuentros con simpatizantes. 

Para peor, el relevo generacional, no solo en años, sino también en ideas, ha sido en esta materia ilusorio. Por ejemplo, al revisar las cuentas de Facebook y Twitter de los delegados ministeriales para la instalación de la Región de Ñuble, se constata en la mayoría de los integrantes del joven equipo la misma propensión por la anécdota que los políticos tradicionales, generalmente consistente en una foto y un breve texto descriptivo de una reunión con una autoridad de nivel superior o una actividad socialmente masiva. 

Así, las esperanzas de hallar una forma de pensar y actuar en política completamente diferente se diluye, como también las expectativas de una administración más transparente y participativa. 

Y es que no se trata de una cuestión de herramientas, sino de actitud: de cómo relacionarse con los ciudadanos del siglo XXI, de cómo abrir la administración pública para facilitar la transparencia y la participación. También podría aspirarse a influir sobre decisiones y conductas, pero para ello hay que plantear ideas, opinar, participar  del debate sobre temas relevantes y contingentes, que es a fin de cuentas lo que la comunicación digital ofrece como novedad a la relación entre representantes y representados. 

Lamentablemente, la imagen de un político que sonríe y que pasa la mayor parte de su tiempo mostrándose dinámico en las redes sociales ha reemplazado el carisma, las ideas y la acción. Algunos incluso piensan que ha reemplazado la política. Es discutible, pero concedamos que a lo menos ha introducido otra forma de hacer política. Una más fácil quizás, más pobre también y ese es un gran problema, pues si la generalización de la facilidad penetra en la esfera política comenzamos a creer que todo es fácil, como en las redes sociales y eso es completamente falso. Lo demuestra perfectamente la función misma de las autoridades de la naciente Región de Ñuble que espera hombres y mujeres que hagan historia, no una “story”.