Morir como precondición para un gran don terapéutico

Ziley Mora

html head title/title style type="text/css" /style /head body phtml head title/title /head body/body /html/p /body /html


María Luna Nahuel no sabía lo que traía. Desconocía su ngen, su don, el regalo de su vocación, hasta los 33 años, y hasta después de casada. Su caso desafía las leyes que rigen la vida y casi desde que nace, su misteriosa resurrección ya le mostraba lo especial que iba a ser su destino. A los tres meses murió. Desde el hospital de Collipulli la mandaron como difunta a casa. A su padre le entregaron una guagua muerta. Le fabricó un pequeño cajoncito–ataúd, y al preparar su funeral quiso primero acostarse al lado de su hija. Se resistía a enterrarla. Y por su afecto inmenso y por una atávica costumbre que recordó, la puso en su cama esa última noche. Durmieron. El padre sueña que con luna menguante la engendra de nuevo. Al amanecer del tercer día María Luna resucita.

Hoy ella integra el selecto y escaso grupo de ngütamchefe, el de los “componedores de huesos” mapuche en Huapitrío, cerca de Mininco. Se trata de esos agentes tradicionales de salud mapuche, conocedores de la forma, funciones y posición de los huesos, con una gran habilidad en evaluación palpatoria y de maniobras que les permite re-componer la osamenta y sus articulaciones. Son los tesoros humanos vivos de esta multicultural nación. Al principio siempre se resistió a aceptar tener el don. Pero fue imposible. La porfiada realidad de ver sanar tobillos, hombros, codos o muñecas dislocadas, a regañadientes le convencieron que lo tenía. Pero tuvo que primero venir una segunda muerte. Supo de su don cuando una tarde por casualidad masajeó el tobillo esguinzado de Alfonso, su marido, luego del fútbol dominical. Solidario con su equipo, empezó a llevarle a sus compañeros zafados. 

Pero María Luna sufre porque se resiste a aceptar su ngen. Un día se siente una muerta sin morir. Amamantando a un pequeño de meses, cae presa de un extrañísimo mal. Permanece un mes exacto sin comer, sin beber agua, sin poder hacer el menor movimiento. Curiosamente, y a pesar de solo consumir el aire del respirar, no bajó un milígramo de peso. Junto a una curandera, descubre que se “agarró un wekufe”, un demonio maligno destinado en principio a su marido. Se trataba de un “mal tirado” pero que primero afectó a su querido perro -y al querer ella ayudarlo y tocarlo- ipso facto se le traspasa. El exacto día en que ella se mejora, se muere el guardián. Indiferente e impotente a todo, solo podía mirar a su guagua que el marido cada noche ponía a su lado, con la misma secreta esperanza de aquel padre de María Luna. “Tienes la peor de todas: enfermedad con espíritu”, le dijeron. Otra vidente le reveló que el mal era así de fuerte porque detrás habían no una, sino dos mujeres culpables: “Solo un viaje te llevará a la salud; ese mal espíritu solo se puede curar con otro más poderoso, el Espíritu Santo”. La llevan a Santiago. Y después de pasar por varios hospitales, es conducida a un cierto templo. Tullida y en calidad de bulto, allí le cantan y danzan.

La danza acentúa el canto y las invocaciones orantes se llenan de fervor. Muy rápido siente que su cuerpo revive, que la newen, “la energía” vuelve a recorrer todos sus huesos. Le llega de nuevo la experiencia y hasta el sabor del buen aliento. “Allí mismo, ese Santo Espíritu, hizo que yo volviera a saber quién soy y para qué estoy en esta mapu”, me confiesa y me traspasa -junto a una vital y caliente sopaipilla- su emocionada gratitud por aquel momento de la renacida. Esa misma noche, sueña que de sus orejas salían dos lechuzas volando fuera de su cabeza. Era la gran prueba, una kümey chillka, una “buena señal”. Estaba sana de nuevo, más sana que antes. Afuera había luna nueva.