Nuestras montañas son dioses

Ziley Mora

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 Para las culturas anteriores a la nuestra mestiza y occidentalizada, las montañas que tutelan los valles de Ñuble, alguna vez fueron dioses. Es decir, gigantes vivos, con una mente inalcanzable y milenaria, regidos por la lógica superior del desconocido universo. Pero esta miope cultura nuestra les ha dado la espalda. A excepción de aquellos pocos arrieros de Alico o los que antes transitaban por el baño termal de Los Peucos y que se persignaban pidiendo permiso a la entrada del ella. Todavía en mi infancia yo vi campesinos -a mis propios padres- invocando perdón y clamar misericordia al dueño de la tierra para que detuviera el gran sismo. En cambio, para el 2010, vi a las personas no hermanadas en un rezo, sino pidiéndole respuestas desesperadas y estúpidas a un celular (¡¡¡!!!). Cuando niño, muchas veces caía de rodillas y estallando en llanto no podía comprender cómo era posible ese enigma, tamaño coloso tan vivo que teníamos a diario ahí delante y hacer y trabajar como si este no existiera.  Pero que nosotros lo ignoremos sin reverencia ni estremecimiento, no significa que sean dioses muertos. Que yo no perciba que los cerros sienten o se molesten cuando tiembla o se produzca una erupción, eso no significa que ellos no lo hagan. A Chile, y a Chillán en particular, varias veces la divina montaña nos ha quitado el piso de nuestra soberbia porque nosotros, diminutas creaturas, le hemos ensuciado su precioso mantel ritual. 

Porque si uno mira cualesquiera de las recientes fotografías de la majestuosa cordillera de Santiago luego de la nevazón, mostrando abajo a la ciudad de los hombres, estos aparecen como lo que son: una insignificancia. Descubrimos por estos días que somos unos gusanillos y pasajeras termitas cercenando los árboles, ese vello púbico de la divina Mapu Ñuke. Y es divina, porque tiene memoria. Los cerros recuerdan y tienen hábito de eterna renovación. Por eso la cultura anterior, la del Tahuantinsuyu, llamaba “abuelos” a los apus sagrados de los Andes. Estos merecían adoratorios y apachetas cada ciertos trechos, y devoción total cada día por el bendito don de sus aguas de lluvia, de su viento, de las fecundas cenizas de su fuego. Nuestras cavernas citadinas llenas de estímulos visuales en pantallitas nos atontan sin ver todos los días el milagro de la luz solar cambiándole la piel a la montaña de Chile. No queremos ver la verdad cósmica y preferimos encerrarnos en el ídolo del google map. 

Cierta vez, cuando yo recién viajaba del sur a Santiago buscando infructuosamente publicar mis libros de cosmovisión mapuche, me acompañó en el viaje un kimche (sabio). Yo pensaba, ingenuamente que con él, gran autoridad mapuche, alguna otra autoridad capitalina podría influir sobre el triste curso de las cosas del sur mapuche. Desalentado, con los zapatos mojados golpeando decenas de puertas, cansados y sobre el cerro Welen, le pregunté a mi amigo, que nunca antes había visto el cemento de Santiago:

-Qué le parece esta gran ciudad tan llena de máquinas, nubes negras y edificios?
-Es como allá en mi mawida (bosque) de la cordillera, me respondió meditabundo.

-¿Cómo que “como allá -le protesté- si su tierra está llena de árboles?
-Si, pero es como allá… dijo como hacia adentro.

-A ver, explíqueme, porque yo aquí veo puro fierro y hormigón…
-Le explico. Aquí, en un tiempito más, sobre las calles ya sin autos, una noche de improviso volverá el río de arriba, y luego, en los bordes llenos de barro, empezará a crecer un pasto chico primero, luego más grande, después más grande y ese pasto atraerá florecitas de los árboles…Luego, con los años, los árboles estarán tan tupidos como allá. Por eso yo veo que aquí es igual. Luego de las aguas justicieras, todo será como antes: en la montaña volverá a reinar Treng-Treng.