Acumular agua

Los beneficios de aumentar la disponibilidad de agua para la agricultura son indiscutibles, y por lo mismo, existe coincidencia entre los actores locales respecto del significativo impacto a largo plazo que tendrá en la economía de la nueva región, la concreción de todos los proyectos de acumulación de agua que hoy están en carpeta. 

Conviene mencionar que además del embalse La Punilla, cuya ejecución y operación fue concesionada a la empresa italiana Astaldi, por lo que se da por descontada su construcción a partir del próximo año, en la región existen otros siete proyectos en distintas etapas. 

En el grupo de los embalses de mayor tamaño, el único priorizado en la zona -según planteó en entrevista a LA DISCUSIÓN el ministro de Obras Públicas, Juan Andrés Fontaine-  es el embalse Zapallar, que completará el sistema Laja-Diguillín. Respecto del embalse Chillán, según estimaciones de esa misma cartera, podría comenzar a construirse recién dentro de una década. 

En el grupo de los embalses de menor tamaño resulta más difícil anticipar plazos, ya que aún no se conoce la priorización hecha por la actual administración. Esta situación más que una desventaja, constituye una oportunidad -para el gobierno central y nuestros representantes ante él- de promover iniciativas que llevan décadas durmiendo el sueño de los justos y que no por coincidencia se localizan en el territorio más pobre y atrasado de la nueva región, el Valle del Itata. Se trata de los embalses Lonquén y Kaiser, que tienen sus estudios concluidos, y los tranques estacionales Changaral, Quilmo y Ránquil. 

El horizonte temporal de este conjunto de iniciativas depende de varios factores; del ciclo político, de la influencia de nuestras autoridades y -como en todo Estado unitario- de la voluntad del poder central. En un escenario optimista, se prevé que en la década de 2030 estarán en operación estos ocho embalses, lo que según los regantes transformará radicalmente el paisaje local, pues además de brindar mayor seguridad de riego para los agricultores e inversionistas, se estima que se intensificará el explosivo aumento de la superficie de frutales que ya se ha comenzado a observar en la zona, como parte de un proceso mucho más amplio, favorecido por el cambio climático, en que los cultivos menos rentables se irán desplazando hacia el sur y el valor del suelo regado de Ñuble seguirá subiendo. 

Mención aparte merece el drástico cambio que se podrá observar en el Valle del Itata, una zona que hoy no cuenta con riego, y que con embalses de menor tamaño y tranques estacionales, también se sumará al proceso transformador de los cultivos. A ello se sumará una expansión de la agroindustria y de la infraestructura agrícola, como los packing y las cámaras de frío, y el mejoramiento de las condiciones para la comercialización y exportación de productos, por ejemplo, la pavimentación de caminos secundarios. 

Pero para que este sueño se convierta en realidad y todos puedan disfrutar de sus beneficios, es necesario, por un lado, aumentar la eficiencia en el uso del agua a través del mejoramiento de los canales y la inversión en tecnificación, y por otro lado, asegurar la ejecución de estos proyectos de acumulación que hoy solo son reales en el papel. 

Es por lo anterior que cuesta entender, por ejemplo, que el nuevo Gobierno solo priorice el embalse Zapallar y no se plantee construir en paralelo el embalse Chillán, sobre todo si existe la alternativa de la concesión a privados, herramienta que -sabemos- no disgusta a la actual administración.