Campamentos se resisten a morir tras medio siglo de vida

Casi medio siglo de una historia marcada por el rigor de la naturaleza, y por la poca eficiencia del Estado en cuanto a la ejecución de la política habitacional que solucione sus problemas, resume la existencia del campamento Cabildo.

Fue 1970 el año en que una docena de familias chillanejas sin casa se hicieron de un paño de terreno de 845 metros cuadrados a la altura del 1400 de la calle Cabildo, al sur poniente de la comuna, sitio que aún mantiene intacto el ambiente de urgencia y necesidad como cuando sus primeros habitantes se instalaron en él.

Las improvisadas casas de madera, cartón y zinc, y el abastecimiento de agua potable y electricidad mediante prácticas que muchas veces rayaban en la línea de la ilegalidad, pasaron a ser parte de una forma de vida moldeada y maquillada con el correr de los años. El reemplazo de planchas de pino que cubran mejor las agujereadas paredes y así bloquear el ingreso del viento, o la instalación de plásticos en el techo (sujetos con piedras y neumáticos), para evitar las enormes goteras durante las lluviosas épocas de otoño e invierno, sirvieron como verdaderas “mano de gato” a la precariedad.

“El frío es el mayor problema que tenemos acá y más que todo mis hijos son los más afectados. El más chico de cinco años es más sanito, pero la mayor de siete años vive resfriada y se queja que le duele sus piernas. La casa no está en condiciones para impedir el frío porque no están bien cerradas y lo otro es que no podemos estar invirtiendo porque no sabemos hasta cuándo estaremos acá”, comenta Soledad Sepúlveda, mujer de 29 años que llegó hace una década a Cabildo.

La dirigenta del campamento, Petronila Sanhueza, ha tenido que lidiar contra el pésimo estado de su morada por largos 14 años, sobrellevando dos enfermedades crónicas: el asma y la diabetes.

El letrero de “no fumar” colgado en una de las murallas de madera de la pieza principal de su vivienda, casi junto a la antigua y poco eficiente estufa que está lista para ser encendida, pareciera tener lógica debido a las patologías de la mujer de 58 años; no obstante, las latas y maderas que protegen su casa de la calle solo cubren aproximadamente el 80% del espacio donde debería ir una puerta, dejando entrar sin problema algunas ráfagas de viento.

“Creo que uno de los mayores problemas que hemos tenido acá es no contar con electricidad. Vivimos colgados y tampoco las autoridades nos han facilitado la posibilidad de formalizarnos; la empresa dice que por ser un terreno del Serviu (Servicio de Vivienda y Urbanismo) no pueden hacer instalaciones porque ellos no lo permiten. El frío también ha sido otro de los problemas porque cuando hay Emergencia o Preemergencia no puedo prender la estufa y con mi marido nos tenemos que calefaccionar con carbón y brasero”, comenta la vecina y añade que las autoridades deberían ser más flexibles y dejar que las personas de menores recursos usen leña en días de restricción, ya que su escuálida economía no les permite acceder a otro tipo de combustibles más limpios como el kerosene o el gas.

Soledad y Petronila son parte de las tres familias que aún viven en el campamento Cabildo y están a la espera de que se ejecute el subsidio para la casa propia que ya ganaron. Los otros ocho grupos de hogares dejaron el sitio hace dos años y ya gozan de una casa digna en la Villa Iraira, al poniente de la ciudad.

Petronila Sanhueza confía en que este será el último invierno que les tocará sufrir las inclemencias del otoño e invierno. Si bien ella admite que su caso puede resolverse antes que las de sus otras dos vecinas, el compromiso que ha asumido es que será la última en dejar el terreno, para que de una vez por todas se cierre el ciclo del campamento más antiguo de la capital de la Región de Ñuble.

A la expectativa

Este año el campamento Los Corregidores, ubicado en la calle del mismo nombre de la Población Vicente Pérez Rosales, cumple exactamente 20 años.

Actualmente son ocho familias las que viven en el precario conjunto habitacional nacido en la ribera del estero Las Toscas, la mitad de los que originalmente llegaron a ocupar el paño.

“Las condiciones en la que vivimos no es la mejor, porque hay mucha humedad y el frío entra por todos lados de la casa. Acá nunca nos beneficiamos con mediaguas, pero al menos tenemos agua y electricidad subsidiado por el municipio”, precisa José Lema.

El vecino lamenta el que su hijo haya tenido que vivir 12 años en una vivienda con condiciones mínimas de confort, las que fueron y siguen siendo un obstáculo para hacer una vida normal.

“Mi hijo (22 años) nunca pudo traer a sus amigos a la casa cuando estudiaba y ahora que tiene familia se fue a vivir a otro lugar porque el niño que tiene no puede vivir acá”, confiesa.

Precariedad
De acuerdo a los registros del Ministerio de Vivienda y Urbanismo (Minvu), en Chillán existen siete campamentos que agrupan a 142 familias.

Tras Cabildo, le siguen en antigüedad el Línea Férrea en el sector de Confluencia, nacido en 1971 y actualmente acoge a 35 familias. En Víctor Jara y Montes de Quinquehua, ambos del año 1980, viven 15 y 52 familias respectivamente; Oro Verde (1990) suma 10 hogares;   Los Corregidores (1998) ocho y Villa Esperanza 19.