Editorial | Industria verde

En los temas vinculados con los agronegocios, hoy somos testigos de un cambio fascinante, donde plantas y animales ya no solo producen alimentos (proteínas, hidratos de carbono o fibras), sino variadas formas de energía, enzimas industriales, plásticos o medicinas. 

¿Será capaz Ñuble de subirse a este carro y tener una nueva generación de industrias agrícolas? ¿Será capaz de dar ese salto a la “industrialización de lo rural”, con nuevos productos, de mayor calidad y con mucho menos impacto sobre el medio ambiente? ¿Seremos capaces de desarrollar una “industria verde” que utilice energías limpias y que en lugar de emitir gases, consuman el dióxido de carbono de la atmósfera? 

Parece increíblemente difícil lograr todo aquello, más si la agenda social sigue reclamando soluciones a la pobreza rural, a la desigualdad de ingresos y a la fuga de capital humano calificado. Y lo mismo ocurre con la agenda ambiental que reclama soluciones a la desertificación y al problema de acceso al agua. 

El tratamiento de estos puntos debe acelerarse y profundizarse, pero ello no puede anular la capacidad de visualizar el futuro y cerrarle la puerta a nuevas vetas de negocios que ya han demostrado potencial más allá del análisis académico y que deben instalarse en la agenda de la nueva región, sobre todo entre aquellos que toman decisiones en los sectores público y privado. 

Una de esas nuevas vetas que aparecen en el horizonte regional es la venta de Certificados de Reducción de Emisiones en los mercados internacionales, donde empresas de todo el mundo buscan compensar sus emisiones, comprando los llamados “bonos de carbono”, un mecanismo para reducir los gases causantes del efecto invernadero. Es una especie de canje, en la cual por cada tonelada de CO2, se realiza una acción en favor del medio ambiente que la compensa. 

Sin embargo, este interesante nuevo mercado se topa con un elemento poco favorable para Ñuble, ya que los países de la Unión Europea están empezando a exigir a los productos importados su huella de carbono -y los asiáticos están pensando hacer lo mismo- de modo que la nueva región debe comenzar a establecer este elemento de trazabilidad (la huella de carbono) en cada producto enviado al viejo continente. Y dado que este tema está estrechamente ligado a la energía, más o menos contaminante que se use en la producción de lo exportado, surge la interrogante acerca del impacto que el uso de la leña y condición de Zona Saturada que ya tienen Chillán y Chillán Viejo -y a la que podrán sumarse otras comunas como San Carlos, Coihueco, Bulnes y Coelemu- puede generar en esta huella que en forma cada vez más recurrente es exigida por las entidades reguladoras de los países desarrollados. 

Si Ñuble quiere ganar en competitividad debe promover con fuerza que los actores económicos conozcan la carbonización de los productos que exportan y busquen mecanismos que les permitan ir disminuyéndola, más aun considerando que dentro de ella se encuentra el transporte del producto al destino, lo que tiene un efecto negativo para nuestro país, dada su ubicación geográfica y los países donde mayoritariamente se destinan los productos locales. 

En la medida que los consumidores vayan tomando mayor conciencia de la importancia de adquirir productos con bajo impacto ambiental, más complejo resultará competir si no estamos preparados para ello. Y para lograrlo se requiere una planeación estratégica público-privada que coordine, con una concepción de largo plazo, los nuevos proyectos de desarrollo que se instalen en la Región de Ñuble.