Editorial | Futuro agrícola

Nadie podría dudar que las proyecciones de desarrollo económico y social de la Región de Ñuble dependen de la evolución que tenga la actividad agrícola y, estrechamente asociado a ella, del comportamiento de los mercados internacionales, donde la demanda mundial por alimentos sigue  creciendo. Las cifras de la Asociación de Exportadores de Fruta de Chile (Asoex), publicadas en la edición de hoy, muestran claramente esa conexión. 

Pese a que Ñuble aparece aún indexada a las estadísticas del Bío Bío, su protagonismo en los envíos de frutales es indiscutido, pues concentra el 75% de la antigua superficie regional, con aproximadamente 11 mil hectáreas. Según el informe de Asoex, 30.805 toneladas de frutas frescas se exportaron durante el primer trimestre de 2018, mostrando un incremento de 60,7% en relación al mismo periodo de 2017, con una marcada centralidad de arándanos y cerezas, que representaron el 74,3% y 22,6%, respectivamente, del total enviado. Además, en ambos rubros la nueva región consolida la mayor superficie: 70% de arándano americano y 80% de cerezos, y ocurre lo mismo con el resto de los productos de la canasta exportadora, como manzanas, peras asiáticas y uva de mesa.  

El cambio climático, sin duda, ha jugado un rol fundamental en el desplazamiento de numerosos cultivos frutales desde la zona central hacia el sur y centro sur, revalorizando significativamente el suelo regado y desplazando a otras actividades, como la ganadería y la producción de forraje, e inhibiendo el avance de las plantaciones forestales.

En síntesis, las proyecciones son positivas, considerando que de la mano de este crecimiento también ha crecido la capacidad de procesamiento de fruta, la infraestructura de frío y la superficie con riego tecnificado. Adicionalmente, dentro de 10 años la seguridad de riego se verá fuertemente ampliada con la puesta en marcha del embalse La Punilla, al que podrían sumarse los embalses Zapallar y Chillán.

Pero para consolidar este favorable escenario es fundamental superar brechas importantes, como es la agregación de valor, pues si bien en Ñuble hay productores de congelados, frutas procesadas, jugos y pulpas, representan aún una proporción marginal en los retornos del sector, lo que repercute en el uso de capital humano de menor calificación. 

En este sentido, el Gobierno y los servicios públicos del agro que pronto se instalarán en la región pueden hacer un enorme aporte, a través de una política pública focalizada en las provincias de Punilla, Itata y Diguillín, para generar incentivos potentes en materia de innovación y atracción de profesionales y técnicos. 

Ligado a lo anterior, es fundamental que también se incluyan incentivos para la investigación, aprovechando las capacidades del Inia y de las universidades de Concepción y del Bío-Bío. La introducción de nuevas variedades, el desarrollo de genética propia y la adaptación al cambio climático son desafíos que tampoco pueden postergarse.  

Por último, hay que tener presente que la “mano invisible” del mercado no es suficiente para moldear el desarrollo agrario de la nueva región, de modo que el Estado también deberá asumir un rol importante en la adecuada planificación territorial; no solo para resguardar la conservación de los ecosistemas, sino también para evitar que la reconversión hacia cultivos más rentables termine convirtiéndose en una concentración de la propiedad de la tierra en manos de unos pocos actores externos, que podría profundizar el negativo proceso de migración hacia zonas urbanas y terminar de poner la lápida a nuestra identidad rural.