Así funcionaba la captación de niños para adopción en Ñuble

  • Por: LaDiscusion.cl
  • Fotografía: Agencia Uno

La asistente social  María Arriagada Ojeda (81) recuerda que al menos cuatro mujeres embarazadas, en busca de un informe socioeconómico -documento necesario para dar en adopción a sus hijos- cruzaron el umbral de su departamento en Chillán entre las décadas del 70 y del 90. 

Esos informes se encontraron el año pasado en Santiago, en la casa de Telma Uribe, asistente social de 96 años, investigada por su presunta responsabilidad en el caso “adopciones irregulares” a cargo del juez Mario Carroza. 

El peritaje al que accedió el diario La Tercera da cuenta  de las irregularidades en los procesos de adopción realizados por matrimonios extranjeros a través de Uribe.

La asistente social realizaba las adopciones con la ayuda de “captadoras” de distintas ciudades de Chile, entre ellas Chillán. Las mujeres visitaban hospitales, maternidades, hogares o fundaciones con el fin de detectar a madres en situación de vulnerabilidad y pedirles que regalasen a sus hijos. 

“¿Va a criar o a regalar a su hijo?, era la pregunta que hacían en la época funcionarios del Hospital de Chillán, recinto que ocupa el tercer puesto a nivel nacional de adopciones irregulares en el informe, a madres solteras, según lo recuerdan pacientes que estuvieron en maternidad en esas décadas. De los 488 investigados, 31 nacimientos ocurrieron en el Hospital Herminda Martín.  

El informe pericial arroja que existieron irregularidades, como pago a captadoras, menores sin registros y declaraciones juradas en las que se suplantaba a la madre. También se les ofrecía a estas algunos aportes económicos como curación de heridas de cesáreas, pago de deudas de servicios básicos, compra de camas y útiles de aseo. 

María Cecilia Erazo, abogada que analizó las cartas e informes encontrados en la casa de Telma Uribe, explicó en la investigación que Chile no tuvo hasta 1988 un marco legal claro para regular los procesos adoptivos al extranjero. Solo se necesitaba acreditar judicialmente que el menor se encontraba en situación de abandono y que los futuros padres tenían las condiciones para recibirlo. 

María Arriagada ocupa el tercer puesto de “captadoras” de menores de acuerdo a la investigación. Su presunta responsabilidad supera los 30 casos. “Llegaron tres o cuatro, no recuerdo más, fue hace tantos años”, asegura hoy sentada en living de su departamento, el mismo lugar donde recibía a las embarazadas. Luego agregará: “32 jamás, a lo mejor tres o cuatro tampoco, pero 32 jamás”. 

Arriagada niega haber ido alguna vez al hospital para “captar” madres, afirma que estas llegaban a su casa acompañadas siempre de la misma mujer. Destaca que ella trabajó en el Serviu hasta el 81, año en que la despidieron luego de que sufriera un infarto cerebral, que hasta el día de hoy la obliga a usar un bastón. Así fue como continuó su profesión de forma independiente en su casa, según relata. 

Recuerda el nombre de  Telma Uribe, pero sostiene que “a su  edad” le es imposible decir con certeza si ella le enviaba los informes o lo hacían directamente los solicitantes. 

“Yo ajena a todo, solo hacía mi informe, no sabía si los niños iban al extranjero o si eran adoptados o no, tal como yo hago un informe para crédito universitario, yo lo hago pero no sé si le darán crédito o no”, se defiende y recalca que el pago solo correspondía a la tarifa que fijaba el Colegio de Trabajadores Sociales en la época. 

“No, no llegaban angustiadas, eran jóvenes embarazadas de situación vulnerable que querían dar la guagua en adopción”, describe de las madres. “Yo jamás fui captadora, lo juro por mi madre”, sentencia. 

Las conclusiones del informe pericial establecen que es difícil diferenciar entre “el tráfico o venta de niños y un apoyo social y económico a una madre, la que efectivamente se encuentra viviendo en una situación de extrema pobreza”. 

“Una época difícil”
La sección  Maternidad del Hospital de Chillán en los años ochenta contaba con 51 camas y debía atender alrededor de cinco mil partos al año. Cada cama era ocupada por dos pacientes, según recuerda una funcionaria de la época que trabajó durante años en la sección y que prefiere no ser identificada.

“Era una época difícil, nadie preguntaba nada, era mejor no saber, todo era un riesgo. Muchas mujeres embarazadas habían sufrido abusos sexuales y no sabían quién era el papá de su hijo”, afirma. 

Una mujer que lloraba y rogaba que no le diesen el alta fue algo que llamó su atención. 

“En ese tiempo las altas eran precoces, las madres tenían la guagua y a las 12 del día siguiente debían irse”, revela. 

Una mujer rondaba en su auto fuera del hospital, esperando la hora en que las madres salieran con sus hijos. Estas habían llegado a un acuerdo con ella para dar en adopción, cuando aún estaban embarazadas. Pero la paciente se había arrepentido y no quería regalar a su hijo. 

“Al ver su angustia la ayudé, y prolongué su estadía hasta que terminó mi turno a las seis. La llevé en un taxi a su casa junto a su guagua. No le pregunté si le habían dado plata, ni nada de eso, porque era mejor no saber”, narra. 

La captadora se había ido por lo que no las interceptó. Al llegar al cité donde la mujer  residía, se dio cuenta de que vivía en una situación de vulnerabilidad: una pieza sin luz con su hermano de 12 años, quien tenía una discapacidad mental. No tenía marido, ni apoyos familiares. 

La funcionaria asegura que por el hacinamiento que se vivía en Maternidad en la época, las visitas estaban prohibidas. Sin embargo, los médicos podían traerlas. 

“Una mujer que acababa de dar a luz estaba muy nerviosa, se tapaba la cara, porque decía que la vendrían a buscar y no quería que la vieran”, explica. 

El médico llevó a las visitas, pero no pudieron encontrarla. La mujer se había ido. 

El área jurídica del hospital asegura que no ha sido notificada de ningún requerimiento de Mario Carroza, que solicite colaborar en la investigación.

Adopciones en Quirihue 
“Para qué quieres saber de tu hermano, si tú eres una pobretona, para qué le vas a complicar la vida, si él está mejor”, fue la respuesta que María Isabel Roa recuerda que le dio la asistente social del Juzgado de Quirihue, Mirta Moya, cuando le preguntó qué había pasado con su hermano que vio por última vez a los siete años. 

De acuerdo a la ONG Nos Buscamos, al menos una veintena de familiares en Ñuble han denunciado la desaparición de sus hijos en las décadas del 70 y 80. En Quirihue, donde se registra el mayor número, las familias culpan a la asistente social Mirta Moya. 

“Ella le dijo a mi mamá que firmara unos papeles, pero eran para que mi hermanito fuera a un hogar por un tiempo, porque éramos siete hermanos. La engañaron”, afirma Roa. Su madre, ya fallecida, era analfabeta. Al cabo de unos meses, le dijeron que había sido adoptado. 

Su hermano se llamaba Benedicto Alexis, y actualmente debería tener más de 40 años. Roa asegura que en una visita a su hermano al hogar le preguntaron si le gustaría ser adoptada, a lo que ella se negó.  

“Yo no quería tener otra mamá, éramos pobres, pasábamos hambre y frío, pero mi madre me enseñó valores. Es cierto que teníamos problemas, pero no era para que se lo llevaran tan lejos y no saber nunca más de él”, enfatiza. 

El Colegio de Trabajadores y Trabajadores Sociales de Ñuble está consciente de la polémica que han despertado las acusaciones por adopciones irregulares en la región. 

Su presidenta, Rut Gutiérrez, prefiere remitirse al comunicado que el Consejo Nacional emitió luego del reportaje publicado por el diario La Tercera. En el documento se detalla que “en cuanto a posibles faltas a la ética profesional ocurridas, es necesario expresar que los colegios profesionales de nuestro país se encuentran con serias limitaciones para tratar estos casos, (...) Desde el año 1981 la Constitución vigente abolió de hecho la tuición ética restringiéndola solo a los profesionales que se encuentran inscritos”. 

María Isabel Roa dio a luz a su hijo en el Hospital de Quirihue en el año 90. Allí se encontró otra vez con Mirta Moya, quien aún solía visitar la zona de Maternidad para convencer a madres de dar en adopción. Roa tenía 18 años. La asistente social le preguntó si lo iba a criar. “Por supuesto que lo voy a criar”, fue su respuesta.