Alumnos trans de Ñuble avanzan en inclusión

La circular sugiere que el alumno pueda hacer uso de un baño mixto.  Las familias apoyaron a sus hijos luego de que  admitieran tener una identidad de género diferente a su sexo. 

Cuando Nina Villalobos, directora del Liceo Claudio Arrau de Coihueco, vio sentada frente a su escritorio a Fernanda -en ese entonces de 14 años  y llamada por su nombre legal que es masculino-, llorando porque había tenido que cortar su pelo debido al reglamento escolar del establecimiento, supo que estaba frente a “una niña encerrada en el cuerpo de un niño”. 

Fernanda (19) quien es transgénero y acaba de egresar del liceo, ahora luce su melena orgullosa. Que el establecimiento aceptara que asistiera a clases con el pelo largo, fue uno de los primeros pasos de la lista que la ayudaría a lograr que pudiese desenvolverse de acuerdo a su identidad femenina. 

La circular que indica patrones para un trato adecuado a los alumnos trans fue implementada en abril del año pasado por la Superintendencia de Educación.

La directora del establecimiento tuvo que seguir su propia doctrina y tomar medidas que poco a poco ayudaran a que Fernanda se sintiera más cómoda.

Porque hubo un tiempo en que la joven no tenía ganas de vivir.

“Yo no quería que mi familia sufriera o que les dijeran  algo a mis hermanos, porque los molestaban. Quería ser yo misma, pero no perjudicarlos. Lo pensé muchas veces -tratar de adoptar una  identidad de género masculina- pero no lo logré”, relata Fernanda, quien vive con su madre y sus dos hermanos en el campo, cerca del embalse de Coihueco, por lo que alojaba de lunes a viernes en el internado del establecimiento. 

Allí durante los primeros años tuvo que dormir en las dependencias de varones. Y a pesar de que era la única que tenía un dormitorio individual, se sentía incómoda. Se levantaba a las cinco de la mañana a ducharse para que nadie la observara. 

Sin embargo, Fernanda a veces entraba al lado femenino: allí estaban sus mejores amigas a quienes pintaba, peinaba y les vendía cremas capilares, ya que la situación económica de su familia lo requería. Sus compañeros siempre la aceptaron. 

Gracias al apoyo de la directora y del encargado del internado  con el tiempo pudo dormir en las habitaciones femeninas. 

“A mí me gustaría que desde kínder a cuarto medio se hiciera un taller en el que se les explicara el tema a los niños, que no tienen que reírse. Así les van a contar a sus padres y los adultos van a entender”, afirma Alejandra, su madre.  

Y es que la mayor dificultad, como afirma la directora, no se encontró en los alumnos, sino en convencer a los profesores de la identidad femenina de Fernanda. Muchos de ellos se negaban a llamarla por su nombre social y seguían utilizando el legal: Sebastián.

“Cuando se emitió la circular y pude escribir en el libro de clases Fernanda Andrea fue una gran alegría, porque todos la tuvieron que llamar así”, recuerda la directora. “Sebastián no existe, significa un pasado que no era mío”, asegura Fernanda. 

Porque ella en el establecimiento pudo bailar y actuar en obras de teatro en un papel de mujer, siendo calificada como “la más talentosa” y logró usar el uniforme femenino en el último año, vistiendo una falda el día de su graduación. 

Fernanda realizará un curso de estilista profesional este año, siempre le ha gustado peinar y tinturar el cabello. 

Mi nombre es Borja
El primer recuerdo de Borja (17) se remonta a cuando tenía cuatro años y se disponía a bailar cueca en el jardín. Borja, llamado a esa edad por su nombre legal Pía, se formó en la fila de los hombres y tomó el pañuelo como los niños. La educadora lo llevó junto a las mujeres y lo obligó a usar un vestido. “Me sentí incómodo, fue un calvario colocarme el vestido, no entendí qué pasaba” recuerda. 

Así de pequeño se negó a usar las decenas de vestidos que su madre le compraba. Y buscó durante años en su  mente lo que ocurría. 

Borja estudia en el Instituto Santa María de San Carlos. A los catorce años, luego de repetir debido a la depresión que le ocasionó luchar contra la aceptación de su identidad masculina, comunicó a sus padres y al colegio que querían que lo llamaran Borja. 

“Fue difícil de aceptar, no me di cuenta. Fue doloroso despedirme de Pía, pero lo importante es que él sea feliz”, dice Raquel, su madre. 

Desde que Borja comunicó su identidad al colegio ha ganado espacios como usar uniforme masculino. Sin embargo, aún quedan materias pendientes. Borja fue al baño de los hombres durante algunas semanas, pero el colegio estimó que era mejor poner el  sanitario de los auxiliares a su disposición. “A mí me gustaría entrar al baño que me corresponde, eso no es inclusión”, afirma.

“Después de tres años el colegio no ha hecho ninguna charla a  profesores, apoderados y alumnos para explicar mi situación”, agrega. Él ha tenido que comunicar a cada profesor su identidad. 

“Nosotros no pedimos que nos entiendan, sino que nos respeten. Si ellos tuvieran un familiar así entenderían mejor, les falta empatía”, enfatiza. 

La circular permitió que Borja se ganara el derecho de ser llamado por su nombre social durante las clases. “Me sentí apoyado por la circular, supe que no era malo lo que estaba haciendo. Muchos de mis compañeros se alejaron, pero cuando vi mi nombre en la lista me sentí respetado”.

Borja colabora con Fundación Iguales y quiere estudiar Psicología para ayudar a entender la mentalidad humana.