Incendios forestales

Si bien el punto de comparación es extremo, pues el año pasado el país tuvo la temporada de incendios más catastrófica de su historia, el significativo descenso en la superficie destruida en lo que va de este año (1.043 versus las 30 mil de 2017), es una buena noticia que vale la pena analizar, sobre todo por los factores que han llevado a esta disminución. Son al menos tres: menos días con temperaturas extremas, aumento en los recursos humanos y económicos para Conaf Ñuble y el fortalecimiento en el trabajo preventivo.   

En efecto, el clima ha jugado a favor, pues en 2017 hubo 32 días con temperaturas sobre el umbral de los 30ºC, ocho más que en el actual período, considerado hasta el 15 de febrero.  

Por otra parte, este año el Gobierno ha invertido más recursos para la lucha contra el fuego. Hay 118 brigadistas, que significan un incremento de casi un 50% respecto a los 70 que tenía la Conaf el año pasado.  Este incremento, que también considera otras 50 personas en roles de transporte aéreo, coordinación y enlaces, ha permitido un oportuno despliegue de recursos humanos y materiales para combatir los 164 incendios registrados esta temporada. 

Finalmente, respecto de la prevención,  el tercer factor que explica el drástico descenso de la superficie destruida en Ñuble, hay algunos avances, como cortafuegos en las zonas más dañadas en 2017 y campañas dirigidas a la ciudadanía con charlas, folletos y mensajes en redes sociales.  

Sin embargo, en este ámbito aún queda mucho camino por recorrer, ya que en estos últimos años los factores de riesgo han aumentado significativamente y el gran desafío es precisamente integrarlos en instrumentos de planificación que aún brillan por su ausencia. Estos tienen que ver con el cambio climático, el aumento de las temperaturas y la escasez de agua; también con el aumento de los monocultivos forestales que han cambiado la fisonomía y biodiversidad del territorio y por último, con la expansión urbana y su proximidad a áreas de alto riesgo, donde la “desobediencia” ciudadana y la falta de control por parte de los municipios se retroalimentan negativamente. 

Los expertos coinciden en que por cada dólar que se invierte bien en prevención se podría ahorrar hasta 99 dólares en combate de incendios. Entonces ¿Por qué la Conaf no invierte la mitad de sus 50 mil millones de pesos anuales en prevención? 

La respuesta tiene que ver con el rol histórico de la Conaf, como una agencia especializada en apagar incendios, no en evitar que se produzcan. Y eso, en realidad, no es un problema de la Conaf. Su presupuesto está bien gastado, pero solo cuando se trata de apagar incendios forestales. 

Es probable que la nueva institucionalidad que se sigue discutiendo en el Congreso y que seguramente será promulgada por la próxima administración, resuelva parte de este problema, pero por sobre todo se necesita adoptar un nuevo enfoque, a partir del concepto de gestión integral de incendios que otros países con realidades similares a la nuestra ya han aplicado con éxito y que permite articular una cadena de servicios interconectados, que van desde la conciencia, la prevención y actividades de detección temprana, hasta cartografías de riesgos y mayores recursos para la investigación y rehabilitación de daños. 

Solo un enfoque sistemático y proactivo que guíe a las organizaciones de todos los niveles del Gobierno y del sector privado permitirán prevenir, responder, recuperar y mitigar los efectos del fuego forestal, sin importar su tamaño, ubicación o complejidad.