Empleo femenino

En los últimos siete años, la participación de la mujer en la fuerza de trabajo ha crecido 10 puntos porcentuales, según reveló el primer informe que sobre este tema realiza el Observatorio Laboral Ñuble (OLÑ). 

De acuerdo a la entidad -cuyo trabajo debe valorarse pues está iluminando zonas antes oscuras en materia de estadísticas de la nueva región- al comparar las estadísticas de empleo del INE (Encuesta Nacional de Empleo) se observa que en el trimestre enero-marzo de 2010 la participación de las mujeres adultas llegaba a 37,6%, mientras que en el primer trimestre de 2017 la cifra se elevó a 46,6%, alcanzando un peak de 48,7% en igual trimestre de 2013. 

El informe refleja que la participación de las mayores de 29 años anotó un incremento de 9 puntos porcentuales y que en el caso de las mujeres jóvenes (entre 15 y 29 años), la participación se elevó desde un 39,5% en enero marzo de 2010, a un 51,3% en el mismo trimestre de 2017, lo que representa un alza de 11,8 puntos. 

Números positivos, sin duda, pero que no están completos para el análisis si no se advierte que las estadísticas también muestran que la participación laboral de la mujer sigue siendo menor que la de los varones, lo que se aplica tanto para jóvenes como adultos en el periodo 2010- 201.

En este sentido, la compatibilización de la vida familiar, específicamente la crianza de los hijos, parece que sigue jugando un rol fundamental como principal factor de incorporación, aunque también deben considerarse otras causas que muchas veces se vinculan con la primera, como los bajos ingresos que perciben las mujeres, aspecto clave que hace que el costo de oportunidad de ingresar al mercado laboral sea más alto (el sueldo de una niñera o el pago de una guardería) que el salario al que se aspira. Y esto lleva al ámbito de la segregación de la mujer a ciertos sectores de la economía, así como también a la discriminación en cuanto a la calidad de los empleos, donde la precarización del trabajo sea más notorio en mujeres que en hombres. 

La precariedad de los empleos de las mujeres tiene mucho que ver con las rigideces del mercado laboral y con una cuota importante de discriminación cultural, legal y económica, pero también con las dificultades para compensar la crianza de los hijos con el empleo, lo que obliga a muchas a buscar ocupaciones que les permitan estar físicamente con la familia la mayor parte del tiempo.

Lamentablemente, esta brecha entre hombres y mujeres es más notoria en los segmentos más pobres de la población, lo que está relacionado con la segmentación laboral y con la brecha salarial. 

A nivel gubernamental, se han dado pasos importantes para contrarrestar las inequidades del mercado laboral, donde destaca la construcción de salas cuna lo que ha permitido aumentar la cobertura, la ampliación del postnatal, programas de capacitación gratuitas, bonos a mujeres de segmentos más pobres, subsidios para emprendimientos y un programa público de guarderías. 

El desafío para las futuras autoridades, entonces, será profundizar los planes y programas que ya están en ejecución, avanzar en términos de poner fin a las discriminaciones que desincentivan la contratación de mujeres, modificar la leyes de salud que castigan a la mujer fértil y flexibilizar las leyes laborales de manera que el teletrabajo y las jornadas parciales sean una alternativa viable.