El grito de los últimos habitantes del Punilla

  • Por: LaDiscusion.cl
  • Fotografía: Victor Orellana

Rosario López (68) es menuda y tiene arrugas, pero sus brazos son fuertes. Su misión es atravesar el río impulsando un carro colgante con un fierro, lo que permite la conexión de los vecinos del sector Los Sauces -una de los cinco localidades que será inundada para construir el embalse La Punilla- con el bus que los comunica con la “otra realidad”, según afirman: la que se encuentra en los pueblos de San Fabián y San Carlos. 

La suya, con la crianza de chivos en plena cordillera, es diferente, y les debería ser arrebatada antes del 4 de abril, fecha en que tiene que finalizar la primera etapa de la expropiación de terrenos y la relocalización de las 33 familias afectadas, proceso a cargo de la empresa italiana Astaldi y el Ministerio de Obras Públicas. 

Rosario hasta ahora no tiene una solución clara, ni sabe cuál será el terreno donde vivirá. Solo tiene una certeza: quiere vivir en las mismas condiciones, en un lugar que le permita tener su huerta de cebollas y a su marido continuar con la compra y venta de chivos. La extensión del terreno en el que vive, propiedad de la familia de su esposo, abarca más de mil hectáreas. No cree que el dinero de la indemnización sea suficiente para encontrar algo así en otro lugar. “Es que están los suelos harto caros ahora, no sé cuánto van a dar por esto para poder comprar en otra parte, no sé si alcanza la plata”, afirma. 

Rosario viste una blusa celeste difuminada con blanco y rosado. La ropa de colores claros es la estrategia que todos usan para espantar a los tábanos que se impregnan a los colores oscuros y al rojo. Es la encargada de guardar las llaves del carro y conducirlo desde que llegó al sector cuando tenía 21 años, responsabilidad que adquirió por habitar en la primera casa que se encuentra al cruzar el río y llegar a Los Sauces. Sus vecinos gritan su apodo “Chayito”, para que ella tome el carro y los traslade gratuitamente uno a uno hasta el otro lado, mientras su perro “Tobi” realiza el mismo recorrido por las aguas. Ella sabe que debe estar atenta a los horarios de los buses, que solo tienen dos frecuencias diarias. El carro es el principal medio que tienen las familias para transportarse, el otro es el caballo, y es que luego de cruzar el río, la cordillera y los árboles se verán siempre sobre ese animal. 

El costo de vida 

Andrés Navarrete (32) vestido de polera blanca y pantalones claros, va en su caballo a comprar alimento para sus perros; viene desde Chacayal, localidad que se encuentra más arriba de Los Sauces, que también será inundada por el embalse. Ha cabalgado más de cuatro horas para llegar hasta el sector vecino, pero a él las dificultades de vivir en un lugar donde no tiene luz ni hay señal telefónica no le importan. Andrés y su madre de 62 años viven en un fundo propiedad de Inversiones Castell, por lo que califican como allegados y podrían recibir alrededor de 70 millones de pesos como indemnización. 

Son una de las 10 familias de Chacayal que se niegan a aceptar el convenio: “No voy a firmar hasta que no me compren un terreno en la cordillera. Acá con $100.000 uno puede vivir al mes, en la ciudad se necesitan más de $500.000. Aquí ayuda el ahorro de la luz, la leña, el agua”, afirma y continúa el camino mientras su caballo sumerge sus patas en el agua, atravesando un riachuelo. 

Andrés ha vivido siempre en Chacayal. Su padre, quien falleció hace dos años, y sus abuelos también lo hicieron. A diferencia de su hermano, quien emigró a Chillán para estudiar Ingeniería en Administración de Empresas, decidió quedarse a vivir junto a su madre porque esa vida era todo lo que conocía: “Lo más difícil es cambiar el sistema de vida, uno está acostumbrado a criar animales, en otro lugar no lo va a poder hacer”.   

No a la Punilla

A más de cinco kilómetros del carro se encuentra la casa de Aurora Sandoval (66) y su hija Lorena Navarrete (33), vestida de polera blanca y pantalones rosados. La vivienda la recibieron luego de que el terremoto del 27F destruyera la anterior. Lorena, quien estudió Turismo y preside la junta de vecinos de El Sauce, se niega a que su casa sea sumergida en el agua. Su madre, Aurora,  heredó las tierras de sus padres,  quienes cultivaban lentejas y trigo, ahora ellas se dedican a la crianza de chivos y vacunos, con un mediero. 

Viven con Mariano, un familiar lejano que no recuerda su edad, pero que ronda los 50, que no sabe leer ni escribir, y al que Lorena asegura que el personal de la empresa Astaldi trató de obligar a firmar un convenio, sin que él tuviese conocimiento de lo que se trataba. Dice que los funcionarios de la empresa visitan constantemente a los pobladores para convencerlos de aceptar el convenio y que busquen otro lugar para vivir. También en el Plan de Desarrollo Social se incluye contención emocional a cargo de psicólogos, quienes según los pobladores y Lorena solo intentan convencerlos de firmar. Ya nos les abren la puerta.  “Preferimos vivir con nuestro dolor, nuestra pena, nuestra rabia, nosotros solos”, explica. 

Fuera de la casa hay un letrero que dice “No a la Punilla”, porque no están de acuerdo con el modo en que la empresa ha tratado a la comunidad. “Lo único que quieren es sacar a la gente, esa es su meta. Nosotros somos unos muebles que van a tomar y cambiar de una casa a otra, aquí no se respeta el arraigo, ni la edad de las personas”, reclama y asegura que el 80%  de las personas afectadas son adultos mayores.

Lorena dice que su abuela murió con el fantasma de un embalse. “Siempre se habló de esto, vino una empresa canadiense en los años 70, se instalaron en un campamento a trabajar, pero se fueron porque se dieron cuenta de que las tierras no tenían permeabilidad”. Y es que ella asegura tener una estrategia secreta que es capaz de detener el proyecto. Dice que el 20 de enero organizará una pequeña fiesta con la comunidad para celebrar a San Sebastián, santo del que todos son devotos. “Espero que no sea una despedida”, dice. 

En lo alto de la cordillera 

Subiendo por el camino pedregoso, a más de 10 kilómetros del carro, se encuentra una gruta de San Sebastián. A su lado hay una manguera que trae el agua desde las vertientes. Unos pasos más allá está la casa de Toribio López (56) y su hijo Maximiliano (18). Su hermano Gabriel (59) los visita, por lo que comparten un asado de chivo que Toribio preparó en su horno. Cuentan con un terreno de más de 300 hectáreas. Ninguno de ellos ha firmado el convenio. 

“Yo creo que no se va a hacer, dese cuenta para allá -más arriba en el sector de Los Robles- no han sido capaces de acomodar a la gente, a nadie, y por aquí llegan poco”, dice Toribio con seguridad. Su hijo, quien acaba de terminar sus estudios de enseñanza media en el Liceo Agrícola de Cato y en marzo empezará a estudiar Tecnología Agrícola en Inacap en Chillán durante dos años, lo contradice: “Yo digo que es un hecho, porque si han comprado terrenos, a lo mejor en dos años no vamos a estar aquí”, reflexiona, y su mirada baja porque los paseos a caballo y los baños en el río Los Sauces de su infancia ya no existirán. Maximiliano nunca dejó de viajar un fin de semana a su casa mientras estuvo interno. 

Gabriel es campero, trabaja en el fundo El Roble Guacho de la familia Cox, casi en la frontera con Argentina, cuidando a sus chivos durante la veranada, de diciembre a mayo. Para visitar a su hermano en Los Sauces debió cabalgar durante 12 horas. “Estamos acostumbrados a vivir aquí, de alguna u otra manera nos arreglamos, mi hermano tiene luz con panel solar, y por ahí yo me compré un generador para tener luz”, cuenta orgulloso. 

Afuera se escucha el ruido del agua en la vertiente y el zumbido de los tábanos. De pronto, una camioneta roja perteneciente a la empresa pasa por la casa de Toribio, pero no se detiene. Gabriel ya debe irse, tomará el bus para ir a San Fabián donde se reunirá con unos amigos. En su caballo realiza el recorrido de regreso hacia el carro, debe dejar el animal alazán atado al frente de la casa de Rosario, esperando por su regreso. En el camino dirá que el 20 de enero cruzará la frontera para visitar a unos amigos argentinos, quienes matarán una vaquilla en honor a San Sebastián. Él les llevará harina tostada y ellos lo esperarán con mate.