Femicidios

Nuevos hechos de violencia familiar con resultado de muerte, ocurridos los últimos días de 2017, vuelven a traer a primer plano el problema del maltrato a mujeres, un flagelo que cada vez exhibe más casos y más denuncias en la región. Nos referimos, específicamente a los femicidios de Angélica Sandoval, a manos de su ex marido, ocurrido en San Ignacio y de Analía Pino, una joven de 22 años asesinada en Coihueco por su pareja. En ambos casos, los agresores terminaron suicidándose.

Lamentablemente, estos hechos, por grave que sean, no son diferentes de tantos otros donde el victimario es un familiar cercano. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 70 por ciento de los casos registrados universalmente, los autores han sido el esposo o el miembro masculino de la pareja.

Al estar distribuido en el espacio mundial y arraigado en el tiempo, el hondo problema humano y social de la violencia ejercida contra la mujer ha llevado a la propia ONU a hacer una fuerte campaña para proponer el desarraigo del tipo humano adicto a las conductas violentas y promover, en cambio, otros “modelos de masculinidad saludables”. 

Esa convocatoria señala indirectamente la influencia adversa que ha tenido la educación tradicional según modelos culturales que han exaltado la necesidad de que el hombre haga valer su voluntad aún con la violencia. De ese modo, se estimuló al varón para que marginara o anulara la personalidad femenina. 

Varios especialistas han tratado con solvencia la cuestión, en la que ha calificado de “masculinidad tóxica” el supuesto paradigma que ha incidido en la formación de muchas generaciones y ha servido para promover comportamientos autoritarios, agresiones, humillaciones, castigos injustos y una vida sexual sin consideración por la mujer.  En todos estos comportamientos está presente la errada creencia de que se posee el derecho de imponerse a la mujer por cualquier medio, porque no hacerlo demuestra ser “poco hombre”. 

Desterrar una concepción de la personalidad masculina de larga vigencia en la sociedad mundial, afirmar los derechos de la mujer, su protección y la reparación por los injustos males sufridos, son propósitos que requieren tiempo, pero a los que ninguna sociedad debe renunciar.  

Hay un doble aprendizaje que reclama el cambio deseable. Por una parte, a nivel individual el varón debe educarse desde el ámbito doméstico en el respeto por la mujer y sus legítimas aspiraciones. Por otra, la sociedad debe comprender que estas muertes no son producto de “dramas pasionales”, sino que son verdaderos asesinatos y que para que ocurran hay siempre muchos cómplices, es decir, todos aquellos que podrían haber influido para que no sucedieran. 

Las víctimas, que están en un grado extremo de vulnerabilidad física y emocional –pues la mayoría de las veces también temen por la vida de sus hijos-, deben ser ayudadas por todos: familiares y amigos, porque son los que más cerca están de ellas, pero también por el Estado, cuya función indelegable es el diseño de mejores políticas públicas encaminadas a educar y prevenir sobre este flagelo social que sigue creciendo peligrosamente.