Deber ciudadano

Mientras los chilenos que viven en el extranjero celebran la posibilidad de sufragar por primera vez en una segunda vuelta presidencial desde sus países de residencia, en Chile hay que pedirle por favor a la gente que vaya a votar. 

Esta paradoja, sin embargo, tiene mucho que ver con un proceso natural de los países occidentales donde se ha instaurado el voto voluntario. De hecho, con su modesto 46% de participación en las últimas elecciones generales el 19 de noviembre pasado, Chile exhibe una de las tasas más altas en este grupo de naciones. 

Para explicar el fenómeno hay numerosas teorías y explicaciones, donde los factores que más se repiten son el marcado individualismo de las nuevas generaciones, la falta de educación cívica y el descrédito de la actividad política, a la que se le critica su escasa conexión con los problemas de la gente, su organización cupular y sus vínculos con escándalos de corrupción. 

En el ambiente es posible respirar la apatía ciudadana, que se traduce en una baja sintonía de los debates, en la presencia de menor propaganda política gráfica en las calles y en la baja concurrencia de público a las concentraciones. 

Esta apatía política, si bien se puede explicar por los factores antes mencionados, en ningún caso se puede justificar, ya que la reducción de la participación electoral, además de poner en duda la legitimidad del ganador, horada el sistema democrático en su conjunto, pues deja en manos de unos pocos la responsabilidad del mandato, lo que contradice la base del sistema de representación que se utiliza en Chile desde los albores de la república y completado en 1949, año en que se aprobó el voto femenino para las elecciones presidenciales. 

Además, la justificación de la abstención electoral da pie a la generación de movilizaciones extra institucionales y la emergencia de liderazgos populistas que representan, a la larga, un riesgo para la estabilidad y la gobernabilidad. 

Dejar en manos de otros la decisión respecto de quién debe gobernar los destinos del país durante los próximos cuatro años, equivale a menospreciar el largo camino que han debido recorrer los luchadores democráticos en la historia de Chile, desde los hermanos Carrera, pasando por Luis Emilio Recabarren y las sufragistas, hasta Eduardo Frei Montalva. 

Es cómodo e irresponsable rehusarse a participar en un proceso trascendental, puesto que la lógica de los sistemas de representación democrática se basa en la definición de las mayorías, sin embargo, cuando existe una baja participación, el concepto de mayoría se distorsiona y ello abre un flanco de crítica respecto de la legitimidad de los gobernantes electos. 

Chile no quiere volver atrás, no quiere ser gobernado por una fuerza política que respalda solo un tercio de la población, no quiere líderes populistas del estilo Maduro, y no quiere una nueva dictadura. 

El país requiere que sus ciudadanos se hagan cargo de la construcción de su futuro, requiere ciudadanos educados, pensantes, con responsabilidad cívica y con respeto por las instituciones democráticas, puesto que sólo una base como ésta dará verdadera gobernabilidad y estabilidad a Chile.