[Editorial] Masculinidad tóxica

  • Por: LaDiscusion.cl
  • Fotografía: Fernando Villa

El hondo problema humano y social de la violencia ejercida contra la mujer está lamentablemente distribuido en el espacio mundial y arraigado en el tiempo. Aunque las estadísticas puedan dar testimonios desiguales, esta práctica aberrante aparece en países tan diversos como Australia, Estados Unidos, Japón, Etiopía o Chile. 

Pero el aspecto más estremecedor de la violencia concentrada en la mujer lo revelan los hechos criminales de los que han sido autores el esposo o el miembro masculino de la pareja, en un porcentaje que oscila entre el  80 y el 90 por ciento de los casos registrados universalmente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). 

Ñuble no es ajena a esta situación global. La estadística disponible nos muestra que a diario se reciben tres denuncias por violencia intrafamiliar, donde los responsables fueron hombres con vínculo familiar o afectivo con las víctimas. 

Sin embargo, son muchos más los que quedan en el silencio impuesto o resignado, ya sea por las amenazas de sus agresores, por el chantaje económico, por la aceptación cultural del machismo y la vergüenza social que acarrean estas palizas.

Cuadros así se repiten en todo el planeta, lo que ha llevado a Naciones Unidas a proponer el desarraigo del tipo humano adicto a las conductas violentas y promover, en cambio, otros “modelos de masculinidad saludables”.

Este llamado señala indirectamente la influencia adversa que ha tenido la educación tradicional, según modelos culturales que han exaltado la necesidad de que el hombre haga valer su voluntad, aún con la violencia. De ese modo, se estimuló al varón para que marginara o anulara la personalidad femenina. 

Varios especialistas han tratado con solvencia la cuestión, en la que ha calificado de “masculinidad tóxica” el supuesto paradigma que ha incidido en la formación de muchas generaciones y ha servido para promover comportamientos autoritarios, agresiones, humillaciones, castigos injustos y una vida sexual sin consideración por la mujer. En todos estas desviaciones y maltratos estuvo presente la errada creencia de que se poseía el derecho de imponerse a la mujer por cualquier medio. 

Desterrar una concepción de la personalidad de larga vigencia en la sociedad mundial es un propósito que requiere tiempo y un doble aprendizaje. Por una parte, el hombre debe educarse desde el ámbito doméstico en un respeto por la mujer y sus legítimas aspiraciones. Por otra, la mujer debe ser consciente de la posición que hoy se le reconoce en la sociedad y defender con convicción esos logros.

La violencia de todo tipo que se ejerce contra las mujeres ha sido y sigue siendo invisible en muchos casos, al punto que la propia cultura se ha encargado de normalizarla y naturalizarla. Ante la magnitud del problema resulta necesario incrementar las campañas que alienten a las mujeres a denunciar y reforzar los programas específicos que trabajen en la prevención de estos delitos, debiendo cada área del Estado asumir las responsabilidades que le caben. Ningún hecho de violencia, sea o no de género, debe quedar impune.