Violencia doméstica

Un dato indicativo del nivel de gravedad de la violencia contra la mujer en Ñuble queda reflejado en las estadísticas elaboradas por el sistema público de salud. En promedio, cada día se registran tres denuncias, las muertes de mujeres -desde su tipificación como femicidio en 2015- llegan a 21 y solo el año pasado, 9 mil mujeres agredidas recibieron atención en centros de salud de la futura región. 

Según se puede verificar, en su mayoría los causantes de la violencia han sido hombres que mantuvieron una relación previa estrecha con quienes luego fueron objeto del crimen. De hecho, en casi todos los casos de femicidios que se han registrado en la zona los dos últimos años, las víctimas eran mujeres que ya venían sufriendo de violencia intrafamiliar sistemática, pero nunca hicieron las denuncias. 

Frente a esa situación, conviene hacer presente -una vez más- la necesidad de que los sistemas judicial y policial, una vez informados del problema a partir de una denuncia, obren con urgencia a fin de preservar la vida de la mujer.

Recientes estudios sobre la violencia contra la mujer en nuestro país también confirman este aspecto. De un total de dos mil casos, en 71% el agresor se había constituido en pareja de quien después fue víctima y en un 49% ya estaban separados. Según las denuncias, el agresor fue el ex esposo en 12% de los casos y en 17% el ex pololo. En la mitad de este grupo de casos denunciados por las mujeres, la pareja vivía todavía en el mismo domicilio.

Por otra parte, a estas alturas, nadie duda ya de que por cada caso aparentemente aislado que se hace conocido en los medios de comunicación hay cientos de otros que silenciosamente nos remiten a una preocupante realidad. 

La violencia de género a menudo no es entendida o no es expuesta con la claridad necesaria, por ello el destino de parte de las denuncias no se traduce en un resultado efectivo. Lo que tiene que ser comprendido es que en los casos de violencia de género la mujer, al retornar a su casa, se suele encontrar en peligro.

Es misión de las autoridades competentes comprender el penoso problema y prevenir el riesgo existente en el hogar, pues las tensiones de la violencia pueden estallar al menor estímulo y no se sabe cuándo ni cómo concluyen. 

En este escenario, todos los esfuerzos que se realicen para concientizar y capacitar a los afectados y a los agentes sociales que pueden contribuir para reducir los alcances de esta problemática serán siempre insuficientes. Se trata de una compleja cuestión, con origen en una multiplicidad de factores. Quienes lo han estudiado con más profundidad insisten en que la solución, siempre en el largo plazo, está en la igualdad de oportunidades, en la educación, la prevención, la concientización e implicación de la familia, de los amigos y del entorno, en primer lugar, y de las políticas públicas, en segundo lugar. 

Es necesario instalar el tema en la agenda pública y abrir espacios de conversación y abordaje de una cruel realidad que no puede ocultarse tanto en los hogares como en los colegios, los medios de comunicación y los lugares de trabajo. El respeto a la vida propia y ajena debe ser un pilar insustituible para la construcción de una sociedad coherente, con futuro y que apunte al bien común.