Éxito y fracaso: la historia de dos niños del Sename en Ñuble

16 años de estadía lleva en un centro de El Carmen Isidora Candia, quien acaba de recibirse de Técnico en Enfermería. El sistema no pudo rescatar a Pablo Belmar y a sus 30 años pasa los días deambulando por las calles del centro.

Isidora Candia se hizo enfermera para realizar labores sociales

El pasado martes fue un día especial para Isidora Candia. Luego de casi tres años estudiando, la joven defendió con éxito su tesis para optar el titulo de Técnico en Enfermería en el Instituto Santo Tomás de Chillán.

Si bien el año 2001 su destino se volvió incierto cuando, por razones económicas, sus padres decidieron dejarla en el Hogar Nuestra Señora de La Paz de El Carmen para que recibiera los cuidados que ellos no podían entregarles, 16 años después tiene más que claro el camino que seguirá: se dedicará al trabajo social y humanitario, devolviéndole algo de lo que la sociedad le entregó.

Isidora recalca que los valores que le inculcaron las educadoras de trato directo del establecimiento colaborador del Servicio Nacional de Menores (Sename), fueron la motivación no solo para fijarse metas educativas, sino que también para hacerlas realidad.

“Que me dieran la oportunidad de seguir estudiando y de ser ahora la persona que soy es muy importante, porque yo quería para mi vida un motivo de superación, de ser alguien y tener algo mejor para después decir yo pude, y hacer que las personas que están al lado mío se sientan orgullosas(...) Todos en el hogar tienen la misma posibilidad de estudiar, pero depende de cada uno”, explica la joven de 22 años.

La oriunda de El Carmen comenta que la labor realizada por las tías del hogar fue determinante para su formación y destaca que nunca sintió el vacío familiar dejado por sus padres, ya que a sus cortos seis años, que es cuando llegó al centro de acogida, le imposibilitó cuestionarse lo que estaba pasando y solo se dedicó a vivir la niñez que le tocó.

Isidora admite que el logro educativo alcanzado, y en general su propia historia de vida, puede servir para demostrar que cuando a los niños con algún tipo de vulneración se les presta la ayuda que necesitan, pueden surgir a pesar de lo pesimista que pueden llegar a ser las proyecciones.

“Generalmente en la tele se ven solo cosas negativas del Sename o de los hogares colaboradores, pero creo que también es necesario contar las cosas buenas. En donde yo vivo tengo y he tenido lo que he necesitado, al igual que todos los que están en el hogar. Somos dos las que hemos terminado la enseñanza superior y sabemos que podemos servir de ejemplo para los otros niños; ellos son como mi familia y constantemente les aconsejo para que sigan estudiando”, explica.

Pablo Belmar exhibe su drama vagando por el centro de Chillán

La última vez que Pablo Belmar estuvo al borde de dejar las calles fue hace poco más de ocho años.

Con ropa limpia, bien peinado y sin efectos alucinógenos en su cuerpo, recorrió los lugares que ya se estaban convirtiendo en parte de su hogar dentro de las cuatro avenidas e incluso visitó a aquellas personas que algo de afecto le habían mostrado hasta entonces.

Su recuperación no duró mucho. El joven que recientemente había cumplido la mayoría de edad, cayó nuevamente en el olvido y la indiferencia de todo un sistema que no pudo protegerlo y se refugió en el pegamento sintético con el que se escapa de la realidad.

Desde aproximadamente los cinco años que Pablo se convirtió en un niño vulnerable. La muerte de su mamá, la descontrolada vida que llevaban su papá con el alcohol y el no contar con familiares cercanos que pudieran hacerse cargo de él, fueron los factores determinantes para que el pequeño fuera derivado a los programas de ayuda financiados por el Servicio Nacional de Menores (Sename).

En la Corporación de Apoyo a la Niñez y Juventud en Riesgo Social Llequén aún recuerdan las innumerables veces que tuvieron que analizar el caso de Pablo y aunque constantemente era derivado a hogares de acogida, él siempre terminaba en la calle, según comenta Marta Pando, una de las funcionarias más antiguas de la institución de Chillán.

Hoy el ahora hombre de casi 30 años pasa sus días deambulando por los pasillos de la Plaza Sargento Aldea, viviendo de la caridad de los locatarios y feriantes, quienes admiten que es un muchacho que no les causa problemas.

“Esta es mi casa...” comenta mientras camina por uno de los pasillos del centro de abastos. “No quiero saber nada con hogares; prefiero dormir acá botado”, añade entre balbuceos el treinteañero que originalmente residía en la población Maipú.

El daño neurológico y físico que le ha ocasionado la inhalación del producto químico es evidente. Su mirada perdida y la poca capacidad de hilar una conversación, demuestra lo dura que ha sido la vida para él.

Sea por el efecto alucinógeno del pegamento consumido o por una decisión tomada en momentos de claridad mental, lo cierto es que todo apunta a que el joven, a quien el sistema no pudo rescatar y desearía invisibilizar, pasará sus días exhibiendo su drama por uno de los principales lugares públicos de Chillán.